La Tumba Perdida de Tutmosis II: Un Faraón Sale de las Sombras



El aire seco de Luxor, cargado con milenios de polvo y secretos, aún puede contener el aliento. En febrero de 2025, un equipo de arqueólogos egipcios y británicos lo hizo contenerlo al mundo. A tres kilómetros al oeste del bullicioso Valle de los Reyes, en la soledad pedregosa de Wadi Gabbanat el-Qurud, una colina de apariencia ordinaria reveló su verdadera naturaleza: un montículo artificial de veintitrés metros de altura, construido con esmero para imitar el paisaje. Debajo, la primera tumba real identificada en Egipto desde el descubrimiento de Tutankamón en 1922. Su ocupante: el faraón Tutmosis II, un nombre eclipsado por la titánica sombra de su esposa y sucesora, Hatshepsut.



Un Rey en el Umbral de la Gloria



Tutmosis II gobernó Egipto aproximadamente entre 1492 y 1479 a.C. Su reinado, de unos trece años, fue un interludio breve pero crucial en la poderosa XVIII Dinastía. Fue un período de consolidación militar y expansión. Sin embargo, la historia lo recordó, injustamente, como una nota al pie. Su legado fue absorbido por dos colosos: su padre, Tutmosis I, el gran conquistador que extendió los límites de Egipto hasta el Éufrates, y su esposa, Hatshepsut, la mujer que se coronaría faraón y construiría el magnífico templo de Deir el-Bahari. Tutmosis II era el eslabón necesario, pero invisible. Hasta ahora.



La ubicación de su descanso final siempre fue un enigma. Mientras sus parientes descansaban en el Valle de los Reyes, su nombre no aparecía en ninguna de las tumbas reales conocidas. La respuesta, según el egiptólogo Aidan Dodson de la Universidad de Bristol, es cronológica. El Valle de los Reyes no se había establecido aún como la necrópolis real exclusiva. Fue Hatshepsut, tras la muerte de Tutmosis II, quien tomó la decisión de enterrarse allí, iniciando la tradición.



"Todo indica que Tutmosis II eligió personalmente este lugar, en un wadi apartado cerca de las tumbas de otras reinas y príncipes. Fue un acto deliberado, quizás buscando privacidad o continuidad familiar. La gestión del entierro final, sin embargo, recayó enteramente en Hatshepsut", afirma Dodson.


El Engaño Perfecto: Una Montaña que no es una Montaña



El descubrimiento no fue fruto de la casualidad, sino de una excavación metódica iniciada en octubre de 2022. Lo que el equipo denominó "Tumba C4" era, en principio, prometedora pero ambigua. Presentaba una cámara funeraria con un techo astronómico pintado de azul profundo y estrellas amarillas, un símbolo inequívoco de estatus real. Los fragmentos hallados en su interior contaban una historia fragmentada pero elocuente: jarras de alabastro rotas, cuyos jeroglíficos nombraban claramente a Tutmosis II como "el rey fallecido" e incluían menciones a su "esposa real", Hatshepsut.



Pero la verdadera sorpresa yacía más allá. La tumba C4, dañada por inundaciones antiguas y vaciada de su contenido en la antigüedad, parecía ser solo el preludio. La atención se centró en esa colina artificial de 23 metros. Un montículo compuesto por capas de caliza triturada, cenizas, escombros cerámicos y yeso, aplicado con una precisión que solo podía tener un objetivo: el camuflaje. Durante siglos, engañó a todos. Parecía una formación geológica natural más del desierto tebano.



La hipótesis que ahora toman fuerza los arqueólogos es audaz. Sugieren que la tumba C4 fue la sepultura original de Tutmosis II. Tras sufrir daños, posiblemente por una de las devastadoras riadas que azotan periódicamente estos wadis, Hatshepsut habría ordenado una operación secreta. Su objetivo: exhumar los restos y los tesoros de su esposo y re-enterrarlos en un lugar seguro, oculto bajo una montaña artificial. Este acto explica por qué la momia identificada como Tutmosis II fue encontrada, no en su tumba, sino en la famosa Caché Real de Deir el-Bahari (DB320) descubierta en 1881, donde los sacerdotes de la XXI Dinastía escondieron decenas de momias reales para protegerlas de los saqueadores.



"Los antiguos egipcios fueron maestros de la ocultación. Este montículo no es basura acumulada; es una estructura deliberada, una cortina de humo de piedra y yeso. Cada capa fue puesta allí para decir: 'Aquí no hay nada que ver'. Es el equivalente antiguo a borrar las coordenadas de un mapa", explica una arqueóloga de campo de la misión conjunta, quien prefirió no ser citada directamente mientras las excavaciones son delicadas.


La operación de remover este montículo, metro a metro, es titánica y lenta. Los expertos estiman que tomará, como mínimo, varias semanas más. Cada palada es vigilada por cámaras y expertos. ¿Qué hay en el centro? La posibilidad de una segunda cámara, potencialmente intacta, mantiene en vilo a la comunidad arqueológica. Sería la oportunidad única de encontrar, por fin, los bienes funerarios originales de un faraón de la XVIII Dinastía cuyo nombre no está asociado a ningún objeto museístico en el mundo.



El Legado de un Reinado Enterrado



¿Por qué importa Tutmosis II? Su figura es la clave para entender una de las transiciones de poder más fascinantes de la historia egipcia. Murió joven, dejando como heredero a un niño, Tutmosis III, nacido de una esposa secundaria. Hatshepsut, la Gran Esposa Real, asumió la regencia. Y luego, en un movimiento sin precedentes, se coronó a sí misma faraón, gobernando como rey durante dos décadas de prosperidad y paz. La dinámica entre ambos, esposo y esposa, rey y reina-faraón, ha sido terreno para la especulación.



Los fragmentos de las jarras de alabastro de la Tumba C4 son la primera evidencia física directa que conecta sus entierros. Hatshepsut supervisó los arreglos funerarios de Tutmosis II. ¿Fue un acto de piedad conyugal? ¿Una maniobra política para legitimar su propia autoridad futura al controlar el culto funerario de su predecesor? La arqueología no responde a motivaciones, pero provee el escenario. Este descubrimiento sitúa a Hatshepsut no como una usurpadora fría, sino como una figura central en el destino post mortem de su marido.



Mohamed Khaled, Secretario General del Supremo Consejo de Antigüedades de Egipto, no duda en calificar el hallazgo de trascendental. "Estos artefactos, por modestos que sean, representan la primera adición concreta al ajuar funerario conocido de Tutmosis II. No tenemos su máscara, ni su trono, ni sus joyas. Tenemos los frascos que contenían las vísceras de su momificación y su nombre escrito para la eternidad. Es un punto de partida, no un final", declaró durante el anuncio oficial en Luxor.



El trabajo ahora es minucioso. Cada fragmento de cerámica, cada mota de pigmento desprendido del techo estrellado, se analiza. La tumba de Tutmosis II, tanto la saqueada como la que quizás aguarde intacta, no es solo un agujero en el suelo con tesoros. Es un documento. Un archivo de piedra que puede reescribir los primeros capítulos del Imperio Nuevo, devolviéndole la agencia a un rey que la historia había convertido en fantasma. Mientras el sol de Tebas golpea la montaña falsa, los arqueólogos escarban, literalmente, en los cimientos de una leyenda.

Hatshepsut y la Política del Recuerdo: Una Reina Escribe la Historia



La figura de Hatshepsut domina este descubrimiento como el sol domina el desierto. Su nombre, inscrito en los fragmentos de alabastro junto al de su esposo muerto, no es una mera firma de condolencias. Es un sello de aprobación, un acto de apropiación histórica. Hatshepsut no solo supervisó el entierro de Tutmosis II; controló su narrativa póstuma. En el antiguo Egipto, quien controlaba el culto funerario de un rey controlaba parte de su legitimidad, de su *ka* eterno. Este hallazgo en Wadi Gabbanat el-Qurud proporciona la prueba física de esa maniobra.



Pensemos en el contexto. Hatshepsut asume la regencia para un hijastro niño, Tutmosis III. Luego, alrededor del año 7 de la regencia, da el golpe maestro: se corona faraón. Usa la iconografía masculina, la barba postiza, los títulos completos de un rey. Para ello, necesita una base de legitimidad inquebrantable. ¿Qué mejor que presentarse como la ejecutora designada de la voluntad de su predecesor y esposo, el legítimo faraón Tutmosis II? El traslado propuesto de su momia y ajuar a una tumba secreta, más segura, no sería solo un acto de piedad. Sería un acto de estado. Un espectáculo político con un solo testigo: la eternidad.



"Hatshepsut fue la primera gran arquitecta de la imagen real en Egipto. Su templo en Deir el-Bahari es un manifiesto en piedra. El control sobre el entierro de Tutmosis II es la continuación lógica de ese proyecto. Ella no estaba 'preservando' su legado; lo estaba integrando al suyo propio, neutralizando cualquier foco de memoria alternativo", analiza la Dra. Miriam Seco, arqueóloga española con décadas de experiencia en excavaciones tebanas.


El montículo artificial de 23 metros se convierte entonces en algo más que una medida de seguridad. Es un monumento al olvido. Al ocultar la tumba de Tutmosis II con tanto esmero, Hatshepsut no solo la protegía de ladrones. La sustraía del paisaje ritual y de la memoria colectiva. La tumba de un rey debía ser un lugar de peregrinación y ofrendas para el sacerdocio. Al sellarla bajo una montaña falsa, Hatshepsut centralizaba ese culto. ¿En su propio templo? Es una posibilidad tentadora. El mensaje era claro: el camino hacia Tutmosis II pasaba, necesariamente, por ella.



La Ironía del Escondite: De una Caché a Otra



La historia tiene un sentido del humor perverso. La operación de ocultamiento orquestada por Hatshepsut en el siglo XV a.C. fue tan exitosa que funcionó durante milenios. Tanto, que cuando los sacerdotes de la XXI Dinastía, hacia el 1000 a.C., emprendieron su propia operación de rescate para salvar a las momias reales de los saqueos sistemáticos, ya no encontraron la tumba original. Lo que encontraron, o les llegó a manos, fue la momia de Tutmosis II, probablemente ya extraída de su escondite montañoso. La colocaron en la Caché de Deir el-Bahari (DB320), un pozo secreto en un acantilado.



Así, el cuerpo del faraón pasó de un escondite de lujo, diseñado por una reina, a una fosa común de emergencia, organizada por sacerdotes desesperados. De la ocultación política a la ocultación por supervivencia. La momia que hoy se exhibe en el Museo Nacional de la Civilización Egipcia en El Cairo es, por tanto, un refugiado dos veces desplazado. Su viaje post mortem refleja la agitada historia de Egipto: del esplendor imperial a la decadencia, de los rituales elaborados a las medidas de emergencia.



¿Y los tesoros? Aquí yace la gran pregunta. Si la momia fue trasladada en la antigüedad, es casi seguro que su ajuar funerario original la acompañó. Cuando los sacerdotes de la XXI Dinastía la metieron apresuradamente en DB320, ¿incluyeron esos objetos? Los registros de su descubrimiento en 1881 son caóticos. Se enumeran momias, sarcófagos, algunos ushebtis, pero no un ajuar completo y atribuible a Tutmosis II. La posibilidad, por tanto, de que ese ajuar intacto aún permanezca en el corazón del montículo artificial, abandonado en el traslado o escondido en una cámara separada, es lo que electriza a los arqueólogos. Sería la cápsula del tiempo definitiva de un reinado corto pero fundamental.



El Mito del Valle de los Reyes y la Realidad del Poder



Este descubrimiento hace añicos una narrativa cómoda: la del Valle de los Reyes como el cementerio exclusivo y predestinado de los faraones del Imperio Nuevo. No lo fue. Fue una elección, una innovación, una marca. Y Tutmosis II, al ser enterrado en un wadi apartado, es la prueba viviente, o más bien muerta, de que existían otras opciones.



Su elección del Wadi Gabbanat el-Qurud no fue aleatoria ni un acto de segundona. El área ya albergaba tumbas de mujeres de la alta realeza, quizás incluso de algunas esposas de su padre, Tutmosis I. Al elegir ese lugar, Tutmosis II se vinculaba a una necrópolis familiar emergente, más íntima, alejada del bullicio de la necrópolis oficial en Dra Abu el-Naga. Hatshepsut, significativamente, comenzó construyendo su primera tumba real cerca de allí, antes de dar el salto al Valle y marcar un nuevo rumbo. La tumba de Tutmosis II es, por tanto, el último ejemplo de una tradición que estaba a punto de extinguirse. Es el fósil de un protocolo funerario en transición.



"Estamos obsesionados con el Valle de los Reyes porque es donde encontramos las tumbas más espectaculares. Pero eso nos ha cegado. Los faraones del primer Imperio Nuevo aún tenían una mentalidad distinta, más flexible. Tutmosis II no fue 'excluido' del Valle; fue enterrado según la costumbre de su tiempo. Hatshepsut fue la revolucionaria, la que cambió las reglas del juego", señala el egiptólogo Zahi Hawass, siempre polémico y siempre definitivo.


Aquí surge una crítica necesaria a la arqueología espectáculo. El anuncio de febrero de 2025 se enmarcó, inevitablemente, en la comparación con Tutankamón. "El mayor hallazgo desde 1922". Es un eslogan potente, pero engañoso. La tumba de Tutmosis II, al menos la cámara C4 ya expuesta, está vacía, dañada por el agua, desprovista de esos objetos de oro que llenan las vitrinas de museos y los sueños del público. Su valor no es monetario ni de simple espectáculo. Es histórico, contextual, intelectual.



La presión por encontrar esa segunda cámara intacta, por tener un "nuevo Tutankamón", es enorme. El Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto necesita éxitos mediáticos para revitalizar un sector vital. Pero esa presión puede ser un enemigo de la ciencia. ¿Se excava con la delicadeza y paciencia que requiere un montículo de 23 metros de escombros estratificados, o se acelera el proceso ante la mirada de las cámaras de televisión? La excavación, dirigida por la Misión del Supremo Consejo de Antigüedades y la New Kingdom Research Foundation, camina sobre esa cuerda floja. Un error, una capa mal interpretada, y la información se pierde para siempre.



El reconocimiento de *Archaeology Magazine*, que incluyó el hallazgo entre los 10 principales de 2025 y lo puso en su portada de enero-febrero de 2026, es un espaldarazo académico. Pero también añade más focos. La comunidad egiptológica mundial mira. Y espera. No solo espera oro, espera respuestas. ¿Contendrá la tumba textos autobiográficos que arrojen luz sobre las campañas militares de Tutmosis II en Nubia y Siria? ¿Revelará la naturaleza exacta de su enfermedad, que algunos especulan fue una afección cutánea que lo debilitó? ¿Mostrará retratos que nos den, por fin, un rostro claro de un faraón cuya momia muestra un hombre de no más de treinta años?



Un Faraón para el Siglo XXI



La relevancia de Tutmosis II hoy es paradójica. Se convierte en una figura contemporánea porque su historia habla de transiciones, de legados manipulados, de figuras poderosas que reescriben el pasado para controlar el futuro. En una era de *deepfakes* y guerras de narrativas, la operación de Hatshepsut nos resulta inquietantemente familiar. Es el *spin* político más antiguo del mundo, tallado en alabastro y escondido bajo una montaña de mentira.



Su reinado breve, a menudo pasado por alto, fue el puente esencial. Sin la estabilidad que proporcionó, la espectacular edificación del imperio por parte de Hatshepsut y, posteriormente, la expansión militar sin precedentes de Tutmosis III, no habrían sido posibles. Él mantuvo la maquinaria en marcha. La arqueología tiene la costumbre de glorificar a los constructores de pirámides y a los grandes conquistadores, pero la historia también se escribe en los reinados de mantenimiento, en los años de consolidación silenciosa. Tutmosis II fue un administrador del imperio. Y en el mundo interconectado y frágil del siglo XV a.C., eso era más crucial de lo que pensamos.



La excavación continúa. Cada capa del montículo es una página del diario de esa operación de ocultamiento. Los trabajadores retiran escombros bajo un sol implacable, mientras los arqueólogos criban cada grano de tierra en busca de la más mínima evidencia: un trozo de yeso con una huella digital olvidada, un fragmento de cuerda, una astilla de madera del andamiaje usado para construir la falsa colina. Esta no es la búsqueda de un tesoro. Es la disección de un engaño milenario. Y en el centro de ese engaño, esperando su última revelación, yace un rey que finalmente está recuperando su lugar en la historia. No el lugar que le dio su viuda, sino el que le corresponde por derecho propio.

La Resonancia de un Faraón Olvidado: Más Allá del Oro



La tumba de Tutmosis II, o lo que queda de ella y lo que aún promete, trasciende la mera arqueología. Su descubrimiento en febrero de 2025 no es solo un hito para los egiptólogos; es un recordatorio visceral de cómo se construye y se deconstruye la historia. Nos obliga a reexaminar la figura de Hatshepsut, no solo como la "reina que se hizo rey", sino como una estratega maestra del legado. Nos interpela sobre la naturaleza de la memoria histórica: ¿quién decide qué se recuerda y qué se olvida? ¿Y qué papel juegan la propaganda y la ocultación en ese proceso?



El impacto cultural es innegable. Desde el hallazgo de Tutankamón en 1922, el imaginario popular ha estado sediento de una nueva tumba real intacta. Esta promesa, aunque aún en el aire, ha revitalizado el interés público por el Antiguo Egipto, llevando a las portadas de revistas y a los programas de televisión la minuciosa labor de los arqueólogos. Es un espaldarazo para la financiación de futuras excavaciones, ya que demuestra que, incluso en las áreas más estudiadas, el desierto aún guarda secretos. El Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto lo ha calificado como "uno de los más importantes en años recientes", un eco de la necesidad de mantener el flujo turístico y la fascinación global por su patrimonio.



Además, este hallazgo redefine nuestra comprensión de las prácticas funerarias de la XVIII Dinastía. La idea de que el Valle de los Reyes era el único destino para los faraones se ha desmoronado. Tutmosis II nos muestra un panorama más complejo y descentralizado, donde las necrópolis familiares y las elecciones personales todavía tenían peso. Su tumba es, en esencia, un eslabón perdido que conecta las tradiciones funerarias del Reino Medio con las innovaciones del Imperio Nuevo, demostrando una continuidad y una evolución que a menudo pasamos por alto en nuestra fascinación por los grandes monumentos.



"Este descubrimiento nos obliga a repensar la linealidad de la historia egipcia. No fue una progresión simple, sino una serie de decisiones, a menudo políticas, que configuraron las costumbres y los paisajes funerarios. Tutmosis II es un puente, un punto de inflexión. Sin él, la historia de Hatshepsut y Tutmosis III carece de su contexto más profundo", asevera la Dra. Salima Ikram, una renombrada egiptóloga de la Universidad Americana de El Cairo, cuya voz resuena con la experiencia de décadas en el campo.


La influencia de este hallazgo también se extiende a la egiptología como disciplina. Al cerrar la lista de tumbas reales perdidas de la XVIII Dinastía, impulsa a los investigadores a mirar más allá de los nombres más famosos. Abre la puerta a la exploración sistemática de áreas periféricas al Valle de los Reyes, zonas que antes se consideraban secundarias o ya agotadas. Nos recuerda que la arqueología no es solo desenterrar lo obvio, sino también interpretar lo sutil: la ausencia, la ocultación, el silencio.



Una Sombra de Duda: La Promesa y la Realidad



Sin embargo, es imperativo abordar este entusiasmo con una dosis saludable de escepticismo. La narrativa inicial se ha centrado en la "segunda tumba potencial", la posibilidad de un ajuar intacto bajo el montículo de 23 metros. Esta promesa, aunque emocionante, es también una espada de doble filo. La arqueología es un proceso lento, metódico y, a menudo, decepcionante. La expectativa de un "nuevo Tutankamón" puede nublar el juicio y presionar a los equipos de excavación para obtener resultados rápidos.



La realidad es que, si bien la momia de Tutmosis II ha sido identificada y su tumba principal localizada, no existe garantía alguna de que la supuesta "segunda tumba" contenga un ajuar intacto y espectacular. Los antiguos egipcios eran maestros en el reciclaje y la reutilización. Los objetos funerarios, especialmente los de un rey cuya tumba sufrió daños y cuyo cuerpo fue trasladado, podrían haber sido dispersados, reubicados en otros entierros o simplemente perdidos a lo largo de los milenios. La historia de la egiptología está llena de promesas no cumplidas y expectativas frustradas. ¿Será esta otra de ellas?



Además, la metodología de excavación de un montículo artificial de tal magnitud plantea desafíos técnicos y éticos considerables. Cada capa de escombros es un estrato de información. Removerla apresuradamente, o con la única meta de encontrar una cámara, podría destruir evidencia crucial sobre el proceso de construcción y ocultación, que es, en sí mismo, tan valioso como cualquier artefacto. La "carrera" por el gran descubrimiento, aunque atractiva para los titulares, a menudo choca con los principios de la arqueología científica.



Finalmente, la atribución de la momia de Tutmosis II en la Caché de Deir el-Bahari, aunque ampliamente aceptada, no es absolutamente inquebrantable. Se basa en análisis de inscripciones en el sudario y comparaciones estilísticas. Si el ajuar funerario de la tumba bajo el montículo revelara detalles contradictorios, ¿estaríamos ante una reevaluación de la identidad de la momia? Es una posibilidad remota, pero en arqueología, las verdades absolutas son pocas y distantes entre sí. La cautela es la mejor aliada del rigor científico.



El Telón se Abre: Lo que Viene



Las excavaciones en Wadi Gabbanat el-Qurud no se detendrán en los próximos meses. El equipo conjunto egipcio-británico, bajo la supervisión del Supremo Consejo de Antigüedades, ha anunciado que la remoción completa del montículo artificial y la exploración de cualquier estructura subyacente se extenderán, como mínimo, hasta finales de 2025. La fase inicial de documentación y consolidación de la tumba C4, ya accesible, continuará hasta mediados de 2026, con planes para una posible apertura limitada al público en 2027, si las condiciones lo permiten.



Los análisis de los fragmentos de jarras de alabastro y otros pequeños hallazgos de la tumba C4, incluyendo los restos de resinas y aceites, se publicarán en un informe preliminar en el tercer trimestre de 2025. Estos estudios podrían revelar detalles inéditos sobre los rituales funerarios y las ofrendas a Tutmosis II. La Dra. Ikram, entre otros expertos, ha sugerido la posibilidad de encontrar restos orgánicos que permitan análisis de ADN y una comprensión más profunda de la salud y la dieta del faraón.



Si la "segunda tumba" bajo el montículo resulta ser real y contiene material intacto, la publicación de esos hallazgos podría extenderse durante años, con equipos interdisciplinarios trabajando en la conservación y el estudio. Un descubrimiento de esa magnitud no se revela de la noche a la mañana; es un proceso minucioso, lento y costoso. Sin embargo, la expectativa de una exposición internacional de cualquier ajuar funerario intacto de Tutmosis II, potencialmente para 2028 o 2029, ya está flotando en el ambiente.



El aire seco de Luxor, que una vez guardó el secreto de una montaña falsa, seguirá siendo testigo de una historia que se desvela capa a capa, revelando no solo un faraón olvidado, sino la intrincada y a menudo política danza entre el poder, la memoria y la eternidad.

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