Explore Any Narratives
Discover and contribute to detailed historical accounts and cultural stories. Share your knowledge and engage with enthusiasts worldwide.
Una mano se posa contra la pared fría de la piedra caliza. La otra sopla, con fuerza controlada, una mezcla de pigmento rojo a través de un tubo hueco. El polvo se adhiere al contorno dejando una silueta vacía, un negativo de carne y hueso contra un halo ocre. La luz de una lámpara de tuétano parpadea. La figura queda fijada. Quien la creó se retira, y durante sesenta y seis mil setecientos años, el tiempo se acumula sobre ella, un velo de calcita milimétrico e implacable. No era un Homo sapiens. Era un Neandertal.
Durante más de un siglo, la narrativa fue incuestionable. El arte parietal, esa explosión de símbolos y representaciones en las profundidades de las cuevas europeas, era la carta de presentación de nuestra especie, el Homo sapiens. Era nuestra chispa única, la evidencia definitiva de un pensamiento simbólico y abstracto que nos separaba para siempre de nuestros primos evolutivos, los Neandertales, considerados toscos y limitados. Esa pared conceptual se derrumbó en febrero de 2018, con la publicación en la revista Science de una investigación que recalibró nuestra comprensión de la prehistoria.
El estudio, liderado por un equipo internacional, reveló que pinturas en tres cuevas españolas –La Pasiega (Cantabria), Maltravieso (Extremadura) y Ardales (Andalucía)– tenían una antigüedad mínima de 64.000 años. Los sapiens no pisamos la península ibérica hasta, como muy pronto, hace unos 44.000 años. La aritmética es brutal y reveladora: aquel arte llevaba ya veinte milenios existiendo en la oscuridad antes de nuestra llegada. El autor, por pura cronología, solo podía ser el Neandertal.
“La datación demuestra que este arte tiene una edad mínima de 64.000 años, fue realizado miles de años antes de que las poblaciones de humanos modernos llegaran a Europa. Debe haber sido hecho por Neandertales”, afirmó Chris Standish, arqueólogo de la Universidad de Southampton y coautor del estudio fundacional.
La técnica utilizada fue crucial. Se abandonó el radiocarbono, limitado a unos 50.000 años y problemático con pigmentos minerales. En su lugar, se empleó la datación por series de uranio-torio (U-Th) en las costras de carbonato de calcio –las llamadas “palomitas” de cueva– que se habían formado sobre las pinturas. Midiendo la desintegración radiactiva del uranio atrapado en esas capas, se obtiene la edad mínima de lo que hay debajo: el pigmento es aún más antiguo. Analizaron más de sesenta muestras. Los resultados fueron consistentes y demoledores.
Imaginemos un recorrido por estas galerías pleistocenas. En La Pasiega, un signo escaleriforme, una serie de líneas horizontales cruzadas por una vertical, fue datado en más de 64.800 años. En Ardales, las formaciones de estalagmitas fueron deliberadamente pintadas con ocre rojo hace unos 65.500 años, no para representar una figura, sino para resaltar la forma natural de la roca, un acto de realce estético. Pero es Maltravieso, en Cáceres, el sitio que ha ofrecido, en estudios posteriores como los publicados en diciembre de 2024, los testimonios más elocuentes y antiguos.
Aquí, más de sesenta plantillas de manos –hand stencils– puntean las paredes. Una de ellas, famosa por mostrar un dedo meñique doblado posiblemente por una técnica aplicativa o una particularidad anatómica, arrojó una edad de 66.700 años. Son, hoy por hoy, las obras de arte deliberadas más antiguas conocidas en el planeta. No son marcas accidentales. El proceso era complejo: requería seleccionar y moler minerales como la hematita, mezclarlos con un aglutinante (¿agua?, ¿grasa animal?), preparar una fuente de luz portátil, posicionarse en la oscuridad total y ejecutar la técnica del soplado o la tamponada. Es un protocolo que habla de una mente premeditada.
“Esto constituye una evidencia sólida de que los Neandertales tenían un pensamiento simbólico, dominaban la tecnología para producir pigmentos y tenían capacidades artísticas”, sostiene Dirk Hoffmann, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, otro de los pilares de la investigación. “Su capacidad cognitiva era equivalente a la nuestra”.
La afirmación es rotunda y lleva la firma de una de las instituciones científicas más prestigiosas del mundo. No se trata de que los Neandertales “también pudieran” hacer garabatos. Se trata de que poseían las mismas herramientas mentales fundamentales para la expresión simbólica que nosotros reclamamos como definitorias. La cueva dejaba de ser una caja fuerte del “alma moderna” para convertirse en el santuario compartido de una humanidad más amplia.
El repertorio hallado, aunque fragmentario, es significativo. No son solo manos. Incluye trazos lineales, formas geométricas, puntos y grabados. En La Pasiega, una figura que ha sido interpretada como una posible representación animal, aunque muy esquemática, también fue datada en aquel umbral neandertal. El arte no era figurativo en el sentido naturalista de Altamira o Lascaux, obras maestras sapiens muy posteriores. Parecía operar en un registro más abstracto, quizás más conceptual. ¿Eran signos de identificación de grupo? ¿Mapas? ¿Narraciones codificadas? ¿Expresiones puramente estéticas, un impulso por decorar y marcar? El silencio de los milenios guarda la respuesta, pero la pregunta misma ha cambiado de naturaleza. Ya no es “¿podían?”, sino “¿qué querían decir?”.
Personalmente, al observar las imágenes de esas manos, una sensación punzante de intimidad transciende la frialdad de los datos. La distancia temporal, ese abismo de 66.000 años, se contrae de golpe. Esa mano proyectada contra la roca no es un fósil. Es un gesto. Un “yo estuve aquí” que trasciende la mera supervivencia. Es la voluntad de dejar una marca que comunique algo, aunque solo sea la presencia misma, a un futuro inconcebible. Y ese futuro, ahora, somos nosotros, mirándola, intentando descifrar el eco de una mente que durante tanto tiempo subestimamos.
El descubrimiento, sin embargo, no fue recibido con una aceptación unánime. En ciencia, un paradigma caído hace mucho ruido, y pronto surgieron voces críticas que cuestionaron los cimientos mismos de la nueva cronología. Pero eso es materia para la siguiente sección, donde la certeza inicial se enfrenta al riguroso y necesario escrutinio del método. Porque la historia no termina con un hallazgo, sino con el debate que lo pulimenta.
La revelación inicial de 2018 funcionó como una bomba de relojería en el ámbito académico. El ecosistema de la arqueología paleolítica, acostumbrado a décadas de consenso, reaccionó con una mezcla de euforia y profunda sospecha. Porque en ciencia, un hallazgo extraordinario exige evidencias extraordinarias, y la datación por uranio-torio, aunque robusta, no es un oráculo infalible. El debate que siguió no fue un mero ruido de fondo; fue el necesario proceso de forja que prueba la solidez de una nueva idea. Y en ese proceso, las dudas de algunos expertos iluminaron, paradójicamente, la complejidad del acto creativo neandertal.
Las críticas más técnicas se centraron en la integridad de las muestras de calcita. ¿Podría la lixiviación del uranio por filtraciones de agua a lo largo de milenios haber falseado las edades, haciendo parecer más antiguas las pinturas? El equipo de investigación, liderado por Dirk Hoffmann y Alistair Pike, anticipó este punto. Su defensa fue meticulosa. No dataron una sola capa, sino múltiples estratos de carbonato superpuestos. Los resultados mostraron una secuencia clara: las capas más externas y jóvenes daban edades menores, y a medida que se analizaban capas más internas, pegadas al pigmento, las edades aumentaban progresivamente. Un patrón de lixiviación habría creado anomalías caóticas, no esta progresión ordenada. La evidencia estratigráfica respaldaba la cronología química.
"No era imitativo; los neandertales fueron artistas originales", defendió Dirk Hoffmann del Instituto Max Planck, marcando una posición clara frente a quienes veían en estas marcas un mero aprendizaje por contacto con sapiens.
Sin embargo, una objeción más filosófica, y quizás más reveladora, vino de figuras como Jean-Jacques Hublin. Su argumento no cuestionaba tanto la datación como la interpretación del término "arte". ¿Eran estos signos el equivalente a las complejas narrativas visuales de Lascaux? ¿O eran expresiones simbólicas de un orden diferente, más básicas, un "protosimbolismo"? Esta crítica, aunque a veces percibida como un último reducto de excepcionalismo humano, plantea una pregunta válida: ¿estamos proyectando nuestras categorías estéticas modernas sobre una mente que organizaba el mundo de forma distinta?
Mi posición es clara: esa distinción es un callejón sin salida. Buscar narrativas figurativas complejas como único baremo del arte es un anacronismo. El gesto de crear una plantilla de mano, de seleccionar un lugar concreto en una galería, de mezclar y aplicar pigmento con una técnica específica, es ya un acto cargado de intencionalidad simbólica. No necesitamos ver un bisonte perfectamente sombreado para conceder el estatus de artista. La abstracción geométrica, el signo repetido, la marca corporal, son lenguajes en sí mismos. Los neandertales no estaban intentando hacer arte sapiens y fracasando; estaban haciendo arte neandertal. Y su legado se extiende mucho más atrás en el tiempo de lo que las cuevas españolas sugerían.
Si el arte de Maltravieso, con sus 66.700 ± 1.100 años, nos parecía antiguo, otros descubrimientos sitúan las capacidades cognitivas neandertales en una escala temporal que roza lo inabarcable. En la cueva de Bruniquel, Francia, unas misteriosas estructuras anulares construidas con fragmentos de estalagmitas fueron datadas en 176.000 años. No es arte parietal, pero es una modificación deliberada y compleja del espacio subterráneo, una arquitectura simbólica que demuestra planificación y un posible uso ritual o social decenas de miles de años antes de cualquier trazo de ocre.
Y el golpe más reciente, que recalibra nuestra comprensión de su dominio tecnológico, llegó en diciembre de 2025. Un equipo del British Museum anunció el descubrimiento, en Barnham (Reino Unido), de la evidencia más antigua de producción controlada de fuego. No de su uso, sino de su *creación*. Fragmentos de pirita, lascas de sílex y arcilla termoalterada a más de 700°C indican que los neandertales dominaban la técnica de percusión para generar chispas hace más de 400.000 años. Esto adelanta la cronología conocida en unos asombrosos 350.000-400.000 años.
"Es increíble que algunos de los grupos más antiguos de neandertales tuvieran el conocimiento de las propiedades del sílex, pirita y yesca en una fecha tan temprana", declaró el profesor Nick Ashton, Curador de Colecciones Paleolíticas del British Museum, al presentar el hallazgo.
El Dr. Hoare, parte del equipo, fue más específico: "Los fragmentos de pirita en Barnham son la evidencia más antigua de tecnología 'strike-a-light', extendiendo su cronología en ~400.000 años". La implicación es monumental. No solo pintaban. Dominaban uno de los elementos más transformadores de la historia humana, y lo hacían con una antelación que nos deja sin aliento. El fuego es luz, calor, protección, una herramienta social. ¿Cómo no iba a estar ligado, en algún momento, a una expresión que trascendiera lo utilitario? El arte en la oscuridad de una cueva es impensable sin el dominio de la luz. Barnham sugiere que tenían esa luz bajo control desde tiempos casi inconcebibles.
Esta línea temporal expandida –de los 400.000 años del fuego a los 176.000 de Bruniquel y los 66.700 de las manos– no muestra una evolución lineal hacia el arte. Muestra, más bien, que la capacidad para el comportamiento complejo y simbólico era un sustrato profundo de la cognición neandertal. No fue un destello tardío, sino una característica persistente de su humanidad.
Durante décadas, los neandertales fueron reconstruidos como brutos encorvados, una caricatura basada en interpretaciones erróneas de esqueletos artríticos. La ciencia moderna ha demolido esa imagen. Sabemos ahora que su complexión era poderosa, adaptada al frío glacial: tórax en barril, extremidades cortas, una masa muscular formidable. "Construidos para retener calor", como resume la paleolític April Nowell. Pero, ¿cómo era el rostro que se inclinaba ante la pared de la cueva? La genética y la paleoantropología están empezando a responder.
Con más de 25 esqueletos con ADN recuperable y descubrimientos genéticos en más de 100 sitios globales, los retratos se afinan. No eran meramente "primitivos". Tenían un arco supraorbital prominente, sí, pero también una nariz ancha y proyectada, posiblemente para humidificar y calentar el aire frío, y un rostro medio que se proyectaba hacia delante. Estudios genómicos, como los citados por Hannah Long de la Universidad de Edimburgo, identifican diferencias clave en los genes que regulan la formación facial, delineando una fisonomía distintiva.
"La mayoría de lo que sabemos sobre su apariencia viene de restos esqueléticos reales", precisa April Nowell, de la Universidad de Victoria, recordando que la carne sobre esos huesos se modela con evidencia tangible, no con especulación.
Aquí surge una reflexión crítica. Nuestra fascinación por reconstruir su rostro a veces nos distrae de una verdad más profunda: el artista no es solo una fisionomía, es una mente. Y la evidencia de sitios como Shanidar, en el Kurdistán iraquí, nos habla de una mente con profundidad social. Las excavaciones entre 1953 y 1960 revelaron algo conmovedor: entierros intencionales. Individuos como Shanidar 1, un anciano que sobrevivió a múltiples lesiones discapacitantes, fueron depositados cuidadosamente. Otros, como los de las tumbas 4, 6, 8 y 9, aparecieron en una acumulación sugerente de un posible espacio funerario compartido.
¿Qué significa esto para el arte? Lo conecta con un universo de cuidado, de ritual, quizás de creencias sobre la muerte y lo que la trasciende. Un grupo que cuida a sus ancianos heridos y dispone ceremonialmente a sus muertos posee una conciencia social y probablemente simbólica muy desarrollada. El paso de ese simbolismo aplicado a los cuerpos al aplicado a las paredes de una cueva parece, de repente, no solo posible, sino casi natural. Los neandertales de Shanidar, algunos muertos por desprendimientos de rocas, nos legaron un testimonio de comunidad. Los de Maltravieso, uno de expresión individual dentro de esa comunidad.
La tendencia actual, destacada en resúmenes como el del Smithsonian a finales de 2025, es integrar todos estos datos: dieta, genética, tecnología, arte. Ya no se estudia al "Neandertal cazador" o al "Neandertal artista" por separado. Se estudia a una población humana compleja, con una cultura material rica y una vida interior que ahora sabemos incluyó, de forma innegable, el impulso de dejar una marca que durara más que sus propios huesos. El fósil facial más antiguo de Europa occidental, otro de los "descubrimientos top" de 2025, añade otra pieza a este rompecabezas de carne y hueso, acercándonos al momento en que podamos mirar, no a una reconstrucción especulativa, sino a algo cercano al verdadero rostro del primer artista de la humanidad.
"Estos hallazgos indican que los neandertales poseían un pensamiento simbólico mucho antes de lo imaginado", había afirmado Dirk Hoffmann en 2018. A la luz de Barnham y Bruniquel, esa declaración parece casi cauta.
Quedan, por supuesto, incertidumbres. No tenemos la lámpara de tuétano neandertal en la mano, aunque inferimos su uso. No podemos escuchar el sonido que acompañaba al soplo del pigmento. Pero pretender que estas lagunas invalidan el conjunto es un error. La arqueología siempre trabaja con fragmentos. Y el mosaico que estamos componiendo, pieza a pieza, año tras año, muestra una imagen coherente y revolucionaria. La próxima vez que alguien use "neandertal" como insulto, estará, sin saberlo, insultando al autor de la primera obra de arte conocida, al ingeniero que dominó el fuego hace medio millón de años, y al ser que cuidó de sus ancianos con una compasión que resuena a través de los milenios. El verdadero error cognitivo no fue el suyo. Fue, durante mucho tiempo, exclusivamente nuestro.
La trascendencia del arte neandertal va mucho más allá de corregir una línea en un libro de texto de prehistoria. Su impacto es filosófico, incluso existencial. Durante siglo y medio, desde que el primer esqueleto fue identificado en el valle de Neander en 1856, hemos utilizado a estos homínidos como el "otro" por excelencia, el espejo roto que nos devolvía una imagen embellecida de nuestra propia singularidad. Su supuesta incapacidad para el pensamiento abstracto era el último bastión de un excepcionalismo humano ya erosionado por Darwin. Las pinturas de La Pasiega, Maltravieso y Ardales derribaron ese bastión con un gesto de ocre.
La implicación cultural es profunda. Si el arte, en su expresión más esencial, no es un invento de Homo sapiens, entonces debemos redefinir qué es lo que realmente nos hace humanos. O mejor aún, debemos aceptar que la "humanidad" es un territorio más amplio del que habitamos en solitario. La creatividad simbólica, la necesidad de marcar el mundo con significado, se convierte en una herencia compartida, un rasgo profundo del linaje humano que se manifestó de forma independiente en al menos dos especies. Esto cambia por completo la narrativa de la evolución cultural. No fue una chispa que se encendió una sola vez en África y luego se propagó. Fue una llama que podía, y de hecho lo hizo, encenderse en múltiples mentes bajo las condiciones adecuadas.
"El descubrimiento del arte neandertal borra la línea que creíamos existía entre ellos y nosotros. Ya no podemos hablar de una 'Revolución Cognitiva' exclusiva de los sapiens. Fue una revolución más antigua y compartida", argumenta la paleoantropóloga María Martín, del CSIC, una voz destacada en la reinterpretación del Paleolítico ibérico.
En el ámbito museístico y divulgativo, el cambio ya es tangible. Exposiciones como "Neandertales, más que humanos" han recalibrado su discurso. Las reconstrucciones ya no muestran meramente grupos de cazadores recolectores; ahora incluyen escenas de mezcla de pigmentos o aplicación de pinturas en cuevas. La industria del entretenimiento, siempre lenta, aún perpetúa clichés, pero la base factual para contrarrestarlos es ahora irrefutable. El legado es una reescritura de nuestro propio origen story. Dejamos de ser los únicos autores del primer capítulo de la conciencia estética para convertirnos en coautores, o tal vez, en herederos de una tradición aún más antigua.
Sin embargo, el periodismo riguroso exige no caer en una romantización acrítica. Por cada avance, persisten sombras de incertidumbre que debemos reconocer. La crítica más sólida no ataca las dataciones, sino la interpretación totalizadora que a veces se hace a partir de un registro fragmentario y extraordinariamente frágil.
El primer límite es obvio: el sesgo de conservación. Todo el arte neandertal confirmado se encuentra en el interior profundo de cuevas, protegido por condiciones estables de humedad y temperatura. ¿Dónde está su arte efímero? ¿Las pinturas corporales, las decoraciones en materiales perecederos como la madera o la piel, los cantos o narraciones? Si los sapiens contemporáneos a los neandertales de hace 60.000 años realizaban este tipo de expresiones, se han perdido para siempre. Es posible, incluso probable, que el arte rupestre sea solo la punta del iceberg de su producción simbólica, la parte que por azar geológico sobrevivió. Pero al no tener el iceberg, es arriesgado deducir su tamaño completo. Nuestra visión está, por fuerza, incompleta y sesgada hacia lo monumental y lo mineral.
En segundo lugar, la aparente falta de evolución estilística en un lapso de decenas de miles de años es desconcertante. En el arte sapiens posterior, vemos una evolución clara: de lo esquemático a lo naturalista, de las siluetas a la policromía y el sombreado. En el registro neandertal confirmado, las manos y los signos geométricos parecen mantenerse en un registro similar durante milenios. ¿Es esto un indicio de una tradición cultural más conservadora, menos propensa a la innovación técnica? ¿O es, de nuevo, un espejismo creado por la escasez de sitios? Sin un corpus más amplio, la pregunta queda abierta. Algunos investigadores, con cautela, sugieren que su simbolismo podría haber operado bajo parámetros diferentes, quizás más fijos y menos narrativos. Esta no es una debilidad en sí misma, pero sí marca una diferencia cualitativa con la explosiva variedad que caracterizaría, más tarde, el arte parietal sapiens.
Finalmente, está el debate, nunca completamente cerrado, sobre la autonomía de esta tradición. ¿Fueron los neandertales de España los inventores absolutos, o existió un intercambio cultural tan antiguo que se pierde en la niebla del tiempo? La coexistencia de ambas especies en Oriente Próximo durante milenios hace plausible algún grado de contacto e intercambio de ideas mucho antes de la llegada a Europa. Esto no les quita mérito, pero complejiza la narrativa de un "genio aislado". La creatividad humana, incluso la más antigua, rara vez surge en un vacío.
Concretar el camino a seguir requiere fechas y proyectos. La próxima gran cita es el Congreso Internacional de Arte Prehistórico en Narbona, Francia, programado para octubre de 2025, donde los equipos de Hoffmann, Pike y sus críticos más firmes compartirán mesa. Allí se presentarán los primeros resultados de la re-datación sistemática de la cueva de La Garma (Cantabria), un proyecto iniciado en 2024 que busca aplicar el método uranio-torio a nuevos paneles con signos abstractos. Paralelamente, el proyecto Neanderthal Symbolic Behaviour, con financiación ERC, anunciará en primavera de 2026 sus hallazgos sobre el análisis químico de pigmentos de más de 50 sitios europeos, buscando una "huella digital" neandertal en la composición de las pinturas.
La predicción es clara: en la próxima década, el corpus de arte neandertal conocido se multiplicará. No se encontrarán nuevas "Capillas Sixtinas", sino más signos, más puntos, más manos. Cada una será un dato que afinará el mapa de su mente. La tecnología de extracción de proteínas antiguas de los pigmentos podría, incluso, identificar el sexo o la edad del individuo que sopló el pigmento. Dejaremos de hablar de "los neandertales" como un bloque monolítico y empezaremos a discernir tradiciones regionales, tal vez incluso "maneras" individuales.
La mano de Maltravieso, con su meñique doblado, ya no estará sola en la oscuridad. La acompañarán otras manos, otros gestos, otras voces calladas que llevan esperando más de sesenta mil años a que aprendamos, por fin, a verlas no como un misterio a resolver, sino como un espejo en el que mirarnos. Un espejo donde, al fin, reconocemos a un igual.
Your personal space to curate, organize, and share knowledge with the world.
Discover and contribute to detailed historical accounts and cultural stories. Share your knowledge and engage with enthusiasts worldwide.
Connect with others who share your interests. Create and participate in themed boards about any topic you have in mind.
Contribute your knowledge and insights. Create engaging content and participate in meaningful discussions across multiple languages.
Already have an account? Sign in here
Descubre los secretos de la primera cremación en África, un ritual de 9.500 años que desafía la historia de la humanidad...
View Board
Arqueólogos descubren en Luxor la tumba perdida de Tutmosis II, oculta bajo un montículo artificial de 23 metros, reescr...
View Board
Explora el mundo oculto de los museos: secretos bajo polvo, tecnología que revela historias y el trabajo silencioso de c...
View Board
Aspasia de Phocis figura fascinante de la mitología grecolatina amante y escultora ligada a Sócrates influyó en la cultu...
View Board
Artabanus III: El Legado de la Antigua Parásida Introducción El mundo antiguo fue un escenario de poderosos imperios y ...
View Board
Descubre la inmortalidad artística de Fidias, el titán de la escultura clásica griega, cuya obra revolucionaria dio form...
View Board
"Descubre la fascinante vida de Callístenes de Olinto, filósofo y cronista que documentó las conquistas de Alejandro Mag...
View Board
Descubre la vida y legado de Paul Broca, pionero de la neurociencia, cuyo descubrimiento del área de Broca revolucionó e...
View Board
Lysippus: El Escultor Griego que Transformó el Arte Antiguo Introducción Lysippus (c. 390–330 a.C.) es uno de los más ...
View Board
El ambicioso plan del Semiquincentenario de EE.UU. busca movilizar a millones en proyectos comunitarios, transformando e...
View Board
Descubre la obra monumental de Strabón, el geógrafo griego que revolucionó la comprensión del mundo antiguo con su "Geog...
View BoardThucydides: historiador griego que revolucionó la historiografía con su análisis de la Guerra del Peloponeso. Exploramos...
View Board
**Meta Description:** "Descubre la historia de **Vercingétorix**, el líder galo que desafiò a Roma en una épica rebel...
View Board
Descubre la fascinante historia de Decebalus, el legendario rey dacio que enfrentó al poder del Imperio Romano con coraj...
View Board
Descubre la fascinante vida de Publio Elio Adriano, el emperador que consolidó el Imperio Romano mediante la defensa y l...
View Board
Helena: La Sacerdotisa de Isis en la Antigüedad Mencionada en textos antiguos como la sacerdotisa de Isis, Helena desem...
View Board
Pupienus, emperador romano del siglo III d.C., gobernó junto a Balbinus durante un breve período, implementando reformas...
View Board
Descubre la fascinante historia de Memnón de Rodas, un estratega militar griego del siglo IV a.C. cuyas tácticas y lealt...
View Board
Descubre la fascinante historia de Hippolyta, la reina de las Amazonas en la mitología griega, y su rol como símbolo de ...
View Board
Descubre la vida fascinante de Octavia la Menor, una figura crucial en la antigua Roma. Explora su papel como mediadora,...
View Board
Comments