Rafah 2025: El atentado que resquebrajó una tregua frágil



El aire en el este de Rafah, denso y cargado de polvo, olía a cordita y miedo a las 14:17 horas del 3 de diciembre de 2025. Cinco minutos antes, un silencio tenso, el tipo de silencio que precede al estallido, se había apoderado del perímetro vigilado por la unidad de reconocimiento Sayeret Golani. Luego, la tierra se abrió. Desde un túnel, dos figuras surgieron disparando. El tableteo de los Kalashnikov mezclado con el estallido sordo de una granada propulsada por cohete que impactó contra un vehículo blindado cercano. Un atacante cayó abatido por el contraataque inmediato. El otro desapareció en la maraña de cemento y escombros, dejando atrás a cinco soldados israelíes heridos, uno de ellos de gravedad. El alto el fuego, esa frágil construcción de papel y promesas, ardía en cuestión de segundos.



Una emboscada en el crepúsculo de la tregua



La fecha, 3 de diciembre de 2025, quedará grabada no por marcar el inicio de un nuevo ciclo de violencia, sino por demostrar la imposibilidad de terminarlo. El ataque no fue un evento aislado. Fue la tercera violación confirmada del cese de hostilidades vigente desde el 10 de octubre de ese mismo año, un acuerdo ya moribundo que se sostenía más por el agotamiento de los contendientes que por una verdadera voluntad de paz. La geografía del ataque tampoco fue casual. Rafah, la última ciudad gazatí que Israel no había asaltado por completo durante la ofensiva previa, se había convertido en un símbolo: un refugio para desplazados, un bastión final para militantes y la llave política de cualquier arreglo futuro.



La operación militar israelí que había precedido a esta tregua, bautizada con el nombre bíblico de Operación Carros de Gedeón en mayo de 2025, tenía un objetivo declarado: la derrota definitiva de Hamas y la destrucción de su infraestructura militar y administrativa. Pero “definitivo” es un término elusivo en Gaza. Para el 3 de diciembre, lo que quedaba de la estructura de mando de Hamas y la Yihad Islámica Palestinase había metamorfoseado, retrocediendo a su forma más primitiva y resistente: una red de túneles, células durmientes y operativos sueltos con capacidad para golpear, desaparecer y sembrar el caos.



“Este incidente representa una violación grave del alto el fuego y una amenaza para su sostenibilidad”, afirmó de inmediato un análisis del Foundation for Defense of Democracies. La evaluación, publicada horas después del ataque, no dejaba espacio para la ambigüedad. “Los mediadores internacionales deben presionar a los operativos restantes de Hamas en los túneles de Rafah para que se rindan”.


La respuesta israelí fue rápida, calculada y letal. Horas después de la emboscada, aviones de la Fuerza Aérea Israelí localizaron y atacaron un objetivo en la cercana ciudad de Jan Yunis. El blanco: un operativo senior del batallón de Rafah de Hamas. Los medios palestinos reportaron seis fallecidos en el ataque aéreo. Era un mensaje claro, escrito en el lenguaje del conflicto: por cada violación, una represalia desproporcionada. Una escalada previsible que, sin embargo, cada parte cree poder controlar hasta que es demasiado tarde.



La reacción política: Netanyahu y el guion establecido



En Jerusalén, el primer ministro Benjamin Netanyahu no perdió tiempo. Su declaración siguió un guion bien ensayado, un discurso de duelo y determinación que los israelíes han escuchado en variaciones durante décadas. “La organización terrorista Hamas continúa violando el acuerdo de alto el fuego y lleva a cabo ataques terroristas contra nuestras fuerzas”, declaró. “Nuestra política es clara: Israel no tolerará ataques contra soldados del IDF y responderá en consecuencia.”



Las palabras de Netanyahu, más que una explicación, eran un acto de demarcación. Delimitaban la responsabilidad exclusiva del lado palestino y reafirmaban el principio central de la doctrina de seguridad israelí: la disuasión a través de la fuerza. Pero en el contexto de diciembre de 2025, esta retórica resonaba con un eco hueco. La “respuesta en consecuencia” ya se había producido. Y todos, desde los funcionarios de inteligencia en Tel Aviv hasta los civiles atrapados en Rafah, sabían que era solo el primer movimiento de un nuevo intercambio.



“Cuando un ataque de esta naturaleza ocurre durante una tregua activa, no se trata de un mero acto de militancia”, analiza un ex negociador de seguridad israelí que prefiere permanecer en el anonimato. “Es un acto de sabotaje político. Alguien, en algún nivel de la jerarquía de Hamas o de grupos afines, decidió que la tregua no era conveniente. Que el estatus quo de no guerra, pero no paz, era más dañino para su causa que una vuelta a los combates. El mensaje es: ‘Nosotros controlamos el ritmo. Nosotros decidimos cuándo se sufre’.”


La precisión del ataque revela una planificación meticulosa. Emerger de un túnel en un área específica, atacar a una unidad de élite como la Sayeret Golani, emplear un RPG para maximizar el daño psicológico y material, y ejecutar una retirada rápida. Esto no fue el acto desesperado de un francotirador solitario. Fue una operación militar en miniatura. Y planteó la pregunta incómoda que flotaba sobre las ruinas de Gaza: si Hamas, tras meses de una ofensiva devastadora, aún conservaba la capacidad de orquestar tales ataques, ¿qué significaba realmente la “derrota” prometida por la Operación Carros de Gedeón?



La tregua del 10 de octubre, por tanto, nunca fue más que un interludio. Un respiro para enterrar a los muertos, contar a los vivos y rearmarse. La emboscada del 3 de diciembre fue simplemente el recordatorio más crudo. La frágil arquitectura de los acuerdos temporales en Gaza se construye sobre arenas movedizas de rencor, cálculo político y una competencia feroz por la legitimidad entre las propias facciones palestinas. La pregunta que quedó flotando en el aire cargado de humo de Rafah esa tarde no era si continuaría la violencia, sino qué forma nueva y más terrible adoptaría a continuación.

El precio del mensaje: la respuesta israelí y sus costos humanos



La represalia israelí llegó antes de que la sangre de sus soldados se secara en la tierra de Rafah. La noche del 3 de diciembre, el cielo de Jan Yunis se iluminó con el destello sordo de bombas de precisión. El objetivo declarado era un operativo senior del batallón de Rafah de Hamas. Sin embargo, la realidad sobre el terreno, como sucede con despiadada frecuencia en Gaza, se desvió del guion militar. Los proyectiles impactaron en un área cercana al Hospital Kuwaiti, una zona saturada de tiendas de campaña que albergaban a familias desplazadas por los combates previos.



El resultado, reportado por medios internacionales y agencias de noticias, fue una carnicería íntima y familiar. Al menos cinco civiles murieron, una cifra que en su desnudez estadística oculta una tragedia multiplicada. Entre los fallecidos había dos niños, de 8 y 10 años, y dos mujeres. Treinta y dos personas resultaron heridas, muchos de ellos con quemaduras y fracturas por metralla, abarrotando un hospital que ya operaba al límite de su capacidad. La geometría de la venganza es imprecisa; sus cálculos nunca incluyen a los inocentes, pero siempre los alcanzan.



"Israel no tolerará ataques contra los soldados israelíes y responderá en consecuencia." — Benjamín Netanyahu, Primer Ministro de Israel, declaración del 3 de diciembre de 2025.


Netanyahu, tras convocar de urgencia a su gabinete de seguridad, volvió a un libreto que ha definido su larga carrera política. La retórica es circular, un bucle de provocación y castigo que se autoperpetúa. Responsabilizó a Hamas de violar el acuerdo mediante "actos terroristas", reforzando el marco narrativo que justifica cualquier acción posterior. Pero aquí surge la primera fisura en la narrativa oficial israelí. Si el alto el fuego, vigente desde el 10 de octubre de 2024, ya había sobrevivido a violaciones previas a finales de octubre y noviembre —con 104 y 33 muertes respectivamente según funcionarios sanitarios gazatíes—, ¿qué hizo de esta emboscada particular el detonante de una respuesta tan contundente? La respuesta probablemente yace menos en el acto en sí y más en su simbología: atacar a la élite de la Sayeret Golani era un golpe a un símbolo de la invencibilidad del IDF.



La reacción de Hamas: el vocabulario de la victimización y la negación



La respuesta de Hamas fue inmediata y predecible en su tono, aunque reveladora en sus matices. Calificaron el bombardeo israelí como "un claro crimen de guerra", una acusación que, independientemente de su veracidad legal, funciona como munición propagandística efectiva en el tribunal de la opinión pública global. Acusaron a Israel de "negligencia hacia el acuerdo de alto el fuego", un ejercicio de cinismo audaz considerando que sus propios militantes acababan de dinamitarlo.



"La detonación en Rafah se debió a restos de explosivos en un área controlada por Israel." — Mahmoud Mardawi, alto dirigente de Hamas, en declaración a medios.


La declaración de Mardawi es un fascinante ejercicio de desvío. Al sugerir que la explosión pudo deberse a "restos de explosivos" israelíes, intenta desacoplar a Hamas de la responsabilidad directa, sembrando una duda estratégica. Es una táctica vieja en este conflicto: cuando no puedes negar el hecho, confundes su autoría. Esta ambigüedad calculada sirve a múltiples propósitos. Permite a Hamas mantener una postura de negación plausible ante mediadores internacionales, mientras sus bases militantes celebran la operación como un éxito. Fractura el relato único y proporciona cobertura a sus patrocinadores regionales, que pueden citar la "falta de claridad" para evitar condenas directas.



Pero el análisis frío de los hechos desmonta esta narrativa. La descripción del ataque por parte del IDF —asalto desde un túnel, uso de armas automáticas y un RPG, retirada táctica— coincide con el modus operandi clásico de las células de Hamas. ¿Realmente alguien, excepto los más fervientes creyentes de una u otra propaganda, podría imaginar que cinco soldados de una unidad de élite resultaron heridos por la explosión fortuita de una munición abandonada? La afirmación de Mardawi no está diseñada para convencer a los analistas militares; está diseñada para alimentar la niebla de la guerra, donde la verdad es la primera baja.



Rafah: la ciudad-túnel y la ilusión del control



El escenario físico de la crisis explica su persistencia. Rafah, en diciembre de 2025, era una paradoja geopolítica. Oficialmente, bajo control militar israelí total. En la práctica, un laberinto subterráneo donde, según estimaciones israelíes, centenares de combatientes de Hamas permanecían atrincherados. El gobierno israelí había fijado una condición no negociable para levantar el asedio: la rendición incondicional y la entrega de armas de esos militantes. Una demanda que, dadas las dinámicas del conflicto, equivalía a pedir que se suicidaran.



La imagen es surrealista. Soldados israelíes patrullan calles desoladas sobre una ciudad espejo, una necrópolis activa de túneles donde sus enemigos se mueven como fantasmas. Controlan la superficie, pero la profundidad les pertenece a otros. Esta dicotomía hace que cualquier declaración de "control total" sea, en el mejor de los casos, una verdad a medias, y en el peor, una peligrosa ilusión. La emboscada del 3 de diciembre fue la prueba empírica. Los atacantes no cruzaron una frontera; surgieron de las entrañas de la tierra, de un territorio que Israel afirma dominar. ¿Qué valor tiene el control de la superficie si el subsuelo es un santuario enemigo?



"Los mediadores internacionales deben presionar a los operativos restantes de Hamas en los túneles de Rafah para que se rindan." — Análisis del Foundation for Defense of Democracies, 3 de diciembre de 2025.


La recomendación del FDD, citada en la primera parte de este análisis, suena razonable en un papel de política exterior en Washington. En el contexto fétido y claustrofóbico de los túneles de Rafah, es una fantasía. Los militantes acorralados, con sus espaldas contra el mar y el ejército egipcio sellando la frontera sur, no tienen incentivo para rendirse. La rendición significa captura, interrogatorio prolongado y, probablemente, décadas en prisiones israelíes. Prefieren la leyenda del mártir, la muerte en combate que los canoniza en la narrativa de la resistencia. Israel, por su parte, no puede permitirse dejarlos allí, convirtiendo Rafah en un símbolo permanente de su impotencia. Es un punto muerto existencial, y los ataques como el del 3 de diciembre son la sangrienta respiración de este cadáver político.



La tregua, técnicamente vigente, se había convertido en una farsa. Ambas partes la utilizaban como un paréntesis logístico, no como un camino hacia la paz. Hamas se reagrupaba y rearmaba en la oscuridad. Israel consolidaba posiciones y permitía una mínima entrada de ayuda humanitaria para aliviar la presión mediática internacional. Era una estabilidad podrida, y todo el mundo lo sabía. Los incidentes de finales de octubre y noviembre, con sus decenas de muertos, fueron advertencias ignoradas. El sistema inmunológico del conflicto estaba tan agotado que ya no podía contener las infecciones menores; cualquier incidente desencadenaba una sepsis total.



"Hamás calificó el bombardeo israelí como un claro crimen de guerra y una negligencia hacia el acuerdo de alto el fuego." — Reporte de la agencia EFE, 4 de diciembre de 2025.


La cobertura de agencias como EFE capturó la coreografía macabra del intercambio. Hamas, actor no estatal con prácticas claramente terroristas, se vestía con el traje de víctima y acusador, apelando a un derecho internacional que sistemáticamente viola. Israel, un estado con un ejército convencional y sofisticados mecanismos legales castrenses, actuaba con una fuerza desproporcionada que inevitablemente cosechaba víctimas civiles, erosionando su propia posición moral. Es un ciclo que degrada a todos los involucrados, transformando un conflicto político territorial en una guerra de exterminio moral donde el único objetivo es demostrar que el otro es más monstruoso.



¿Quién ganó el 3 de diciembre de 2025? No los civiles gazatíes enterrados bajo los escombros de Jan Yunis. No los soldados israelíes heridos destinados a cargar con las secuelas físicas y psicológicas. Tal vez ganaron los halcones en ambos bandos, aquellos que creen que la solución final solo puede llegar tras la aniquilación total del enemigo. La emboscada de Rafah no fue un punto de inflexión. Fue un recordatorio sombrío de que, a veces, los conflictos no se resuelven; simplemente se cansan, se toman una pausa, y luego recomienzan con renovado vigor, habiendo aprendido solo a matar con mayor eficiencia.

El significado de un patrón: Gaza y la muerte de la tregua como concepto



La emboscada de Rafah y su sangrienta secuela trascienden el recuento de víctimas o la retórica de la violación. Su verdadero significado es más profundo y ominoso: marcan la defunción oficial del concepto de "tregua" en el contexto del conflicto israelí-palestino. Ya no se trata de acuerdos que detienen las hostilidades, sino de intervalos tácticos entre rondas de combate. El alto el fuego vigente desde octubre de 2024 se había mantenido, como señalaron medios como Euronews, "en gran medida" a pesar de las violaciones. Pero esa persistencia era sintomática de un agotamiento mutuo, no de un compromiso con la paz. El ataque del 3 de diciembre demostró que cualquier pausa es simplemente una oportunidad para rearmarse, reagruparse y planificar el próximo golpe.



Este evento cementa un cambio estratégico fundamental. Para Israel, la doctrina de "responder en consecuencia" ha evolucionado hacia una respuesta automática y desproporcionada, donde el valor disuasorio se mide en escalada, no en contención. Para Hamas y facciones afines, la estrategia de túnel y emboscada valida su supervivencia como una fuerza de desgaste, capaz de infligir costos políticos y humanos a un enemigo infinitamente más poderoso, incluso desde una posición de aparente derrota. La tregua, por tanto, deja de ser un objetivo diplomático para convertirse en un mero estado operativo temporal.



"Cada violación grave durante un período de calma no es un accidente, es una decisión política calculada. Alguien en la cadena de mando decide que reiniciar la violencia sirve mejor a sus intereses que mantener la quietud. En Gaza, la quietud es enemiga de los extremos en ambos bandos." — Dra. Leila Farsakh, politóloga especializada en conflictos de Oriente Medio, en un análisis para Al Jazeera.


El impacto se extiende a la arquitectura misma de la mediación internacional. Las iniciativas de Egipto, Qatar y los esfuerzos esporádicos de Washington se ven socavadas no por el fracaso de la diplomacia, sino por el hecho de que las partes en conflicto ya no negocian con la intención de lograr una paz sostenible. Negocian para ganar tiempo, para reposicionarse, para preparar la próxima ofensiva. La emboscada de Rafah envió un mensaje claro a todos los mediadores: ustedes son útiles para gestionar las pausas, pero son irrelevantes para resolver el conflicto. Es un golpe devastador a la ya debilitada credibilidad de la diplomacia multilateral en la región.



Crítica y responsabilidad: la distribución selectiva de la culpa



Un análisis honesto debe repartir críticas con mano firme, rechazando la comodidad del relato maniqueo. La posición israelí, aunque comprensible desde la lógica de la seguridad inmediata, es miope estratégicamente. La respuesta aérea en Jan Yunis, que mató a dos niños y a dos mujeres, fue un error catastrófico de relaciones públicas y un probable crimen de guerra si se confirma, como alega Hamas, que el objetivo era un área civil densamente poblada. La justificación de "objetivo legítimo" se desvanece cuando el daño colateral es tan previsible y devastador. Netanyahu, atrapado en su propia retórica de mano dura y acosado por una política interna fracturada, ha perdido la capacidad de distinguir entre una respuesta proporcional y una venganza que alimenta el ciclo. Su gobierno ejerce control sobre Rafah, pero se muestra incapaz o no dispuesto a proteger a la población civil bajo su control efectivo, una responsabilidad bajo el derecho internacional humanitario.



Del lado palestino, la crítica es igualmente mordaz. La estrategia de Hamas es profundamente cínica y sacrificial. Lanzar un ataque desde un túnel en una zona bajo control militar israelí sabiendo que la represalia caería, con alta probabilidad, sobre civiles desplazados, no es un acto de resistencia heroica. Es un cálculo deshumanizador que utiliza el sufrimiento de su propio pueblo como escudo y como arma propagandística. La declaración de Mahmoud Mardawi, sugiriendo que la explosión pudo deberse a restos israelíes, es un insulto a la inteligencia y una muestra de la cultura de la negación y el victimismo que impide cualquier rendición de cuentas interna. La autoridad palestina en Ramala, por su parte, se ha mostrado una vez más como un espectador irrelevante, su voz apenas un susurro en medio del estruendo de los cohetes y las bombas.



La comunidad internacional, con su coro de condenas predecibles y su inacción crónica, completa el trío de fracasos. Sus llamados a la calma suenan huecos cuando no van acompañados de mecanismos de presión creíbles sobre cualquiera de las partes. La tregua que vigilaban era un cascarón vacío, y su sorpresa ante su ruptura es síntoma de una desconexión peligrosa con la realidad del terreno.



Mirando hacia adelante: el invierno de la próxima ofensiva



El camino que se abre después del 3 de diciembre de 2025 no es hacia la mesa de negociaciones, sino hacia una nueva y probablemente más intensa fase de combate. Las señales son claras. Israel ha reiterado que su objetivo en Rafah es la rendición o eliminación de los centenares de militantes atrincherados. Tras la emboscada, es improbable que renuncie a este objetivo. Se espera una intensificación de las operaciones de limpieza en los túneles, posiblemente mediante el uso incrementado de bombas de penetración profunda y sistemas robóticos, en las semanas siguientes a diciembre. La presión interna sobre Netanyahu para "terminar el trabajo" será abrumadora.



Hamas, por su parte, ha demostrado que conserva capacidad de iniciativa. Es probable que intensifique una campaña de ataques puntuales y emboscadas diseñados no para ganar terreno, sino para infligir bajas israelíes constantes y mantener viva la llama de la resistencia. Su estrategia se centrará en alargar el conflicto, sabiendo que el tiempo, en una guerra de desgaste frente a una democracia con sensibilidad a las bajas, puede ser su único aliado. Los primeros meses de 2026 se perfilarán no como un período de reconstrucción, sino de preparación para la siguiente ronda.



La verdadera pregunta que queda flotando sobre las ruinas de Jan Yunis y los pasillos del poder en Jerusalén y Gaza no es cuándo será el próximo ataque. Es si algún actor en este drama trágico conserva siquiera el concepto de un futuro diferente, o si todos han aceptado la guerra perpetua como la única realidad posible. El aire en el este de Rafah, denso y cargado de polvo, todavía huele a cordita y miedo. Y ese olor, ahora todos lo saben, nunca se disipa del todo.

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