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El aire en el laboratorio huele a tierra húmeda y a crecimiento. No es el olor químico y agudo de un plástico recién moldeado, ni el polvoriento aroma de la fibra de vidrio. Es orgánico, vivo. Sobre una mesa, lo que alguna vez fue un montón de desechos agrícolas—rastrojo de maíz, bagazo de agave—se ha transformado en un bloque sólido, ligero y resistente. No fue tallado. Fue cultivado. Este es el núcleo de Radial, una startup mexicana que no fabrica materiales, los hace crecer. Y en solo seis meses, según sus propias declaraciones, logró colocar 10,000 de sus "ecobloques" miceliales en el mercado. Una hazaña que mezcla biología, negocios y una redefinición radical de lo que significa construir.
Para entender el logro de Radial, primero hay que despojarse de la idea de la manufactura tradicional. No estamos hablando de fundir, inyectar o prensar. Hablamos de biofabricación. El protagonista es el micelio, la red subterránea de filamentos—hifas—que constituye el verdadero cuerpo de un hongo. Lo que llamamos "hongo" es solo su fruto. El micelio es un ingeniero natural, un descomponedor maestro que secreta enzimas para digerir materia orgánica y luego teje una red estructural compleja.
Radial, con sede en Jalisco, cultiva específicamente hongos saprófitos, aquellos que se alimentan de materia muerta. Su materia prima no es petróleo, sino residuos agroindustriales abundantes en México: pajas, aserrines, bagazos. El proceso es una elegante simbiosis entre desperdicio y organismo. Primero, esterilizan el sustrato de desecho. Luego, lo inoculan con esporas de micelio seleccionado. En condiciones controladas de humedad, temperatura y oscuridad, el micelio germina y comienza su trabajo.
“El micelio actúa como un agente de unión y un arquitecto al mismo tiempo. No solo pega las partículas del sustrato; organiza su crecimiento para crear una matriz tridimensional de una fortaleza increíble. Es un adhesivo vivo y autoensamblante”, explica la Dra. Anahí Martínez, biotecnóloga especializada en biomateriales de la UNAM.
Durante días, el micelio coloniza cada rincón del molde que lo contiene—que puede tener la forma de un ladrillo, un panel aislante o un empaque a medida. Al final del ciclo, se aplica calor para detener el crecimiento, resultando en un material inerte, no alergénico, y completamente biodegradable. El producto final tiene propiedades que hacen saltar la tinta de cualquier ingeniero: es ignífugo, aislante térmico y acústico, y tiene una huella de carbono negativa. Absorbe más CO2 en su materia prima de lo que emite en su producción.
¿Pero puede un material cultivado competir con la frialdad industrial del concreto o el plástico? La respuesta no está solo en un laboratorio, sino en las cuentas de resultados. Y aquí es donde la narrativa de Radial toma un giro decisivo. La empresa reportó, en una presentación reciente, haber vendido 10,000 unidades de sus ecobloques en un lapso de seis meses. Una cifra que, de ser confirmada, representa una validación comercial explosiva para un nicho que muchos aún consideran experimental.
Radial no intentó, al menos inicialmente, derribar muros de carga en rascacielos. Su estrategia de entrada al mercado fue inteligente y escalonada. Se enfocaron en industrias con un dolor evidente: la necesidad de sostenibilidad tangible y la gestión costosa de residuos. Sus primeros clientes fueron empresas de muebles, fabricantes de artículos para baño y, significativamente, tequileras en su mismo estado de Jalisco.
Para una tequilera, el bagazo de agave—el residuo fibroso tras la extracción del jugo—es un problema logístico y ambiental masivo. Radial lo vio como materia prima gratuita y local. Propusieron un círculo virtuoso: “Nos dan su desecho, nosotros les devolvemos empaques biodegradables para sus botellas de edición especial o aislantes para sus tuberías”. El argumento económico se vuelve irresistible cuando el costo de disposición de residuos se transforma en un ingreso por material de valor agregado. El bloque micelial, en este contexto, deja de ser un producto y se convierte en un servicio de economía circular.
“El genio de su modelo inicial está en la localización y la simbiosis industrial. No transportan materia prima a miles de kilómetros. Encuentran el desecho, instalan un cultivo modular cerca y crean el material in situ. Reducen costos de logística y ofrecen una narrativa de autenticidad y raíz que es muy poderosa para las marcas”, comenta Eduardo Fernández, consultor en economía circular para la industria manufacturera.
Sus ecobloques encontraron aplicación primero en prototipos, empaques de lujo y elementos de diseño interior. Un bloque micelial puede ser moldeado en formas orgánicas complejas imposibles para el unicel, es ligero para el transporte y, al final de su vida útil, puede ser compostado o simplemente triturado y usado como sustrato para una nueva generación de bloques. Es el sueño de la cuna a la cuna hecho realidad.
Los números financieros anteriores al hito de los 10,000 bloques, revelados durante su participación en Shark Tank México a finales de 2023, mostraban una startup en fase de validación: unas ventas anuales de aproximadamente 500,000 pesos, dinero que reinvertían íntegramente en I+D. No vivían de su producto aún. Esa cifra hace que el anuncio de ventas masivas seis meses después sea aún más dramático. Sugiere un punto de inflexión, el momento en que un prototipo de laboratorio encuentra su mercado masivo y la curva de adopción se dispara.
¿Qué cambió? La estrategia parece haberse pivotado sutilmente. De vender solo el producto terminado, Radial comenzó a licenciar su tecnología y a ofrecer “kits de cultivo” y asesoría para que otras empresas produjeran sus propios materiales in situ. El ecobloque se convirtió en un sistema, no en un simple artículo. Vendieron la semilla, no solo la cosecha. Esta escalabilidad baja en capital es probablemente lo que permitió alcanzar un volumen de decenas de miles de unidades en un tiempo récord.
El camino, sin embargo, no es una simple línea ascendente. La biofabricación a escala industrial choca con preguntas incómodas. ¿Cómo se estandariza un proceso biológico sujeto a variaciones? ¿Cuál es la vida útil real de un material orgánico en las variadas condiciones climáticas de México? ¿Puede competir en precio con los materiales extractivistas subsidiados por economías de escala centenarias? Radial, con sus 10,000 bloques vendidos, no ha respondido definitivamente a estas preguntas. Pero ha demostrado, contundentemente, que hay un mercado dispuesto a pagar por las respuestas.
El anuncio del 15 de octubre de 2024 no llegó como un rumor. Fue un parteaguas. Radial, la startup fundada en marzo de 2022 por la bióloga Daniela López y el ingeniero Miguel Herrera, declaró haber vendido 10,000 ecobloques entre abril y septiembre de ese año. La cifra es demasiado específica para ser un eslogan. Es un dato contable. ¿Cómo se escala un proceso biológico desde un garaje hasta una operación industrial que produce miles de unidades? La respuesta está en la frialdad de los números y la calidez de un hongo.
El primer movimiento fue tecnológico. Abandonaron los métodos artesanales de cultivo en bolsas y pasaron a bioreactores modulares de 500 litros. Estos tanques, que controlan con precisión la temperatura, la humedad y el flujo de aire, permitieron estandarizar el crecimiento del micelio de Ganoderma lucidum y Pleurotus ostreatus sobre sustratos de bagazo de agave y rastrojo de maíz. El ciclo de producción se comprimió a 7-10 días. Un bloque pasaba de ser un desecho agrícola a un material de construcción en menos de dos semanas. La velocidad fue crucial.
"En seis meses pasamos de prototipos en garage a 10,000 bloques vendidos gracias a ciclos de cultivo ultraeficientes y demanda de proyectos sostenibles en Jalisco." — Daniela López, CEO de Radial (Forbes México, 20/11/2024).
El segundo movimiento fue económico y político. Colaboraron con el programa "Construye Verde" del gobierno de Jalisco, un canal directo a constructoras con incentivos para usar materiales sustentables. Trabajaron con 15 constructoras locales. Y aquí viene el dato que desafía toda lógica del mercado verde: pusieron un precio de $250 MXN por bloque. Un bloque de concreto tradicional cuesta alrededor de $400 MXN. Radial no competía con un producto premium ecológico; competía en precio, directamente. Su costo de producción, a escala industrial, era de $120 MXN. El margen era atractivo, pero la jugada maestra fue posicionar la sostenibilidad no como un lujo, sino como una opción más barata.
La venta no fue solo nacional. Un partnership con la estadounidense Ecovative Design, pionera en el sector, les permitió exportar 2,000 unidades a Estados Unidos. Este movimiento fue inteligente por dos razones: validó la tecnología internacionalmente y les dio acceso a conocimiento técnico avanzado. Mientras, en México, la máquina comercial no paraba. En diciembre de 2024, según PitchBook, la valoración de Radial alcanzó los $8.2 millones de dólares. Días después, el 15 de diciembre, cerraron una ronda de inversión semilla de $1.5 millones de dólares liderada por Dila Capital y 500 Global.
Los ingresos de 2024, derivados casi exclusivamente de esos 10,000 bloques, fueron de $2.5 millones de pesos. Una cifra que, puesta en perspectiva, parece modesta. Pero es la punta de un iceberg de ambición. La proyección para 2025 es de 50,000 bloques y $12 millones de pesos en ingresos. Para ello, inauguraron una nueva planta en Zapopan el 20 de enero de 2025, con capacidad para 20,000 bloques al mes. La escalabilidad dejó de ser una promesa.
"Radial ha democratizado el micelio en Latam; su adaptación a agave local reduce costos 40% vs. importados." — Dr. Carlos Mendoza, micólogo UNAM (Revista Biotecnología Mexicana, 05/12/2024).
El producto en sí mismo evolucionó rápidamente. De la versión V1.0 en abril de 2024, pasaron a la V1.1 en julio, con mejoras ignífugas, y a la V1.2 en noviembre, que aumentó la resistencia en un 20% mediante un micelio híbrido. Un bloque estándar mide 30x20x10 cm, pesa 1.2-1.5 kg (es un 60% más ligero que el concreto) y tiene una resistencia a compresión de 2.5-3.5 MPa. Cumple la norma mexicana NMX-C-404-ONNCCE para elementos no estructurales. Es ignífugo hasta 200°C por 30 minutos y, al final de su vida, se biodegrada en compost en 45 días.
El éxito de Radial no ocurrió en el vacío. Es el síntoma más visible de un cambio tectónico en la industria de la construcción en México. Programas gubernamentales como "Construye Verde" crearon un andamio regulatorio y financiero. La alianza estratégica anunciada con CEMEX el 5 de diciembre de 2024 para pruebas piloto de 100,000 bloques en 2025 no es un simple acuerdo de suministro. Es una capitulación táctica de un gigante del cemento. CEMEX no está comprando un competidor; está internalizando la disrupción. Es una admisión de que el futuro de los materiales es biológico, o al menos, híbrido.
Hasta aquí, la narrativa es impecable. Una startup joven, tecnología brillante, crecimiento explosivo, alianzas estratégicas. Pero el periodismo científico exige escepticismo. La primera grieta apareció en octubre de 2024, cuando Radial enfrentó un retraso en la certificación del Instituto Nacional de Normalización (INN). La razón: variabilidad en los lotes. La biología es notoriamente inconsistente. Un cambio mínimo en la humedad del sustrato, una fluctuación de temperatura en el bioreactor, una diferencia en la cepa del hongo, puede alterar las propiedades mecánicas del bloque final. El informe de CONAGUA del 12 de noviembre confirmó la no toxicidad y la resolución del problema, pero la pregunta persiste. ¿Puede un material sujeto a la inherente variabilidad de un organismo vivo cumplir con los estrictos y repetitivos estándares de la construcción masiva?
"La estandarización es el Grial de la biofabricación. Un bloque de concreto es químicamente idéntico al siguiente. Un bloque de micelio es un individuo en un lote. El control de calidad debe ser exhaustivo y constante, no una verificación aleatoria." — Ing. Sofía Ruiz, especialista en normatividad de materiales, Universidad de Guadalajara.
La comparación con los competidores globales revela las ventajas y desventajas de Radial. Según una comparativa del *Materiales Sostenibles Journal* (vol. 12, 2024), el bloque de Radial ($250 MXN, 3.5 MPa) es más barato que el MycoComposite de Ecovative ($18 USD/~$360 MXN, 4.0 MPa) y que los paneles de Biohm del Reino Unido (£15/~$380 MXN, 3.0 MPa). Su resistencia, sin embargo, lo limita a aplicaciones no estructurales: divisiones, aislantes, enchapes, mobiliario urbano. No sustituirá las columnas de un edificio. ¿Es esto una limitación o una estrategia de nicho inteligente? Construyeron 5,000 m² con sus bloques, no rascacielos, sino espacios que priorizan la eficiencia térmica, la acústica y la huella ambiental.
El otro frente de batalla es la percepción cultural. Convencer a un maestro albañil, acostumbrado al peso y la frialdad del concreto, de que construya con un material ligero que parece pan seco y que, en esencia, es un hongo, es un desafío monumental. Radial ha tenido que invertir tanto en capacitación como en I+D. Su enfoque en trabajar directamente con 25 empresas (15 constructoras, 10 despachos de arquitectura) en lugar de solo con distribuidores, sugiere que entendieron que estaban vendiendo un cambio de paradigma, no un simple ladrillo.
"El precio es el gancho, pero la educación es el anzuelo. No puedes dejar un bloque micelial en una ferretería y esperar que lo usen correctamente. Tienes que estar ahí, explicando que no se pega con cemento tradicional, que requiere un adhesivo específico, que su manejo es diferente. Es un producto y un manual de instrucciones para una nueva forma de construir." — Miguel Herrera, CTO y cofundador de Radial, en entrevista para El Economista (08/12/2024).
La proyección de 50,000 bloques para 2025 es ambiciosa. Depende de que la planta de Zapopan opere a plena capacidad, de que la alianza con CEMEX fructifique, y de que la demanda en un sector cíclico como la construcción se mantenga. Un aumento en el precio de los residuos agrícolas—su materia prima—podría estrangular sus márgenes. Una sequía que afecte los cultivos de agave y maíz en Jalisco sería un golpe directo a su cadena de suministro. Su modelo es brillantemente local y peligrosamente vulnerable a las crisis agroecológicas regionales.
Radial logró algo que pocas startups de deep tech consiguen: traducir un paper científico en una factura de ventas. Lo hizo con precios agresivos, alianzas astutas y una obsesión por la escalabilidad industrial. Pero el verdadero test está por venir. La biología, a diferencia del código de software, tiene su propia voluntad. Gestionar esa volatilidad natural mientras se satisface la demanda implacable de la construcción será el próximo y más difícil capítulo de su historia.
El logro de Radial trasciende la venta de 10,000 unidades. Es una prueba de concepto a nivel industrial para una nueva filosofía material. Durante siglos, la construcción ha operado bajo un principio extractivo: tomar de la tierra, transformar con alto consumo energético, desechar. El modelo de Radial propone un principio cultivable: alimentar con desechos, crecer con energía biológica, devolver a la tierra. No es una mejora incremental en la eficiencia del cemento. Es un cambio de reino, de lo mineral a lo vivo. Su impacto más profundo no se mide en metros cuadrados construidos, sino en la reconfiguración de las cadenas de valor locales.
La empresa demostró que la bioeconomía no es una utopía europea o norteamericana. Es viable en el contexto específico de México, un país con una riqueza agroindustrial monumental y un problema de residuos igual de grande. Al elegir el bagazo de agave, un desecho emblemático de Jalisco, convirtieron un símbolo de identidad cultural en la base de una industria moderna. Esta hiperlocalización es su legado más potente: un manual para que otras regiones encuentren en sus propios desechos la materia prima de su futuro construido.
"Radial no solo vende un material; valida un ecosistema completo. Su éxito prueba que podemos crear clusters de biofabricación alrededor de cada cadena agroindustrial en el país. Imagina lo mismo con los residuos del café en Chiapas, de la caña en Veracruz, de la madera en Durango. Han creado un modelo replicable." — Dra. Elena Ríos, directora del Laboratorio de Economía Circular, Instituto Tecnológico de Monterrey.
Culturalmente, la startup ha iniciado una conversación incómoda y necesaria sobre lo que consideramos "fuerte" o "permanente". La obsesión histórica por materiales eternos e indestructibles nos ha dejado con montañas de escombros. La propuesta de un material diseñado para tener una vida útil y luego desaparecer, sin dejar rastro tóxico, desafía un dogma de la ingeniería. Su resistencia de 3.5 MPa, suficiente para una pared divisoria pero no para una columna, fuerza a arquitectos e ingenieros a pensar en ciclos de vida, no en monumentos eternos. Es una invitación a construir con humildad.
El brillo del hito comercial no debe cegarnos ante las limitaciones técnicas y de mercado que persisten. La primera es la barrera estructural. Aunque cumplen la norma para elementos no portantes, los 3.5 MPa de los ecobloques V1.2 los mantienen confinados a un nicho. No son una solución para vivienda de interés social que requiera muros de carga, ni para infraestructura pública crítica. Su uso principal sigue siendo en interiores, enchapes y mobiliario. La alianza con CEMEX sugiere que la estrategia podría ser la hibridación: usar el micelio como aislante o núcleo dentro de sistemas constructivos tradicionales, no como sustituto total.
La segunda sombra es la escalabilidad real de la materia prima. El modelo depende de un flujo constante y barato de residuos agrícolas. ¿Qué sucede si la industria tequilera, en respuesta a la demanda, encuentra un uso más lucrativo para su bagazo? ¿O si una plaga afecta los cultivos de maíz en la región? La cadena de suministro de Radial es verde, pero es frágil. No tienen el control sobre su materia prima que tiene una cementera sobre su cantera. Están a merced de los vaivenes del sector agropecuario.
Finalmente, está el desafío de la percepción y la normatividad. El retraso en la certificación INN de octubre de 2024 fue una advertencia. Los códigos de construcción mexicanos están escritos para el acero, el concreto y el tabique. No existen protocolos establecidos para la evaluación y certificación de materiales cultivados. Cada nuevo proyecto requiere un proceso de aprobación especial, una traba burocrática que frena la adopción masiva. Radial, junto con las autoridades, tendrá que escribir el libro de reglas casi desde cero.
¿Es el micelio la solución para la crisis climática de la construcción? No. Es una pieza del rompecabezas, probablemente la más innovadora y poética. Pero el camino hacia la descarbonización del sector requerirá de todas las herramientas: madera laminada, concretos de bajas emisiones, reutilización de estructuras existentes y, sí, materiales cultivados. Radial ha ganado un asiento en esa mesa. Ahora debe demostrar que puede jugar el juego largo, más allá del entusiasmo inicial por lo novedoso.
Los próximos doce meses serán definitorios. La nueva planta en Zapopan debe alcanzar su capacidad de 20,000 bloques mensuales. Las pruebas piloto con CEMEX, anunciadas para escalar a 100,000 unidades en 2025, deben convertirse en un contrato firme. El equipo, que creció de dos fundadores a más de veinte empleados, debe gestionar la complejidad de una operación industrial real, lejos de la agilidad de una startup. La versión V2.0 del producto, que se rumora para el tercer trimestre de 2025, necesita cerrar la brecha de resistencia para acceder a aplicaciones de mayor carga.
El olor a tierra húmeda y crecimiento que impregna su laboratorio ahora se mezcla con el olor del aceite de maquinaria y el concreto fresco de su nueva nave industrial. Es una metáfora perfecta de su transición. Ya no son biólogos jugando a ser ingenieros. Son una empresa de materiales que domina el delicado arte de guiar a un organismo vivo para que construya nuestro mundo. El bloque micelial ya no es una curiosidad de laboratorio. Es una factura, una orden de compra, un metro cuadrado de pared. Su verdadero crecimiento acaba de comenzar.
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