Marte o nada: Las cuatro estrategias radicales para la primera misión humana de la NASA


La imagen es familiar: un mundo rojo, quieto, barrido por el viento. Pero en diciembre de 2025, una sala en Washington D.C. contenía un futuro que convertiría esa postal en un lugar de trabajo. La National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine entregó a la NASA un volúmen de más de 300 páginas que no es solo un informe. Es un manifiesto. Un documento que transforma el sueño nebuloso de poner botas en Marte en una serie de elecciones estratégicas brutales y concretas. Once objetivos científicos de máxima prioridad. Cuatro caminos radicalmente distintos para alcanzarlos. Y una pregunta que ya no es "si", sino "cómo" y "para qué".


La ventana de lanzamiento de octubre a diciembre de 2026 se acerca como un metrónomo cósmico, marcando el próximo alineamiento óptimo entre la Tierra y Marte. Para entonces, la NASA espera haber devuelto humanos a la Luna con Artemis. Marte, sin embargo, es otra bestia. El viaje es de meses, no de días. La estancia se mide en años, no en semanas. El margen de error se aproxima a cero. Este informe, encargado por la propia agencia, es su hoja de ruta para tomar la decisión más importante en medio siglo de exploración planetaria: qué harán exactamente los primeros humanos cuando, en la década de 2030, por fin abran la escotilla y pisen el regolito marciano.



De la ficción a las cuatro opciones concretas


Durante casi cinco décadas, desde que el Viking 1 aterrizó en 1976, hemos sido espectadores remotos de Marte. Rovers como Perseverance han sido nuestros ojos y manos, recolectando datos a un ritmo glacial dictado por la velocidad de la luz y la programación robótica. Un humano, sin embargo, puede hacer en un día lo que un rover hace en un año. Puede ver una roca extraña, caminar hacia ella, golpearla con un martillo y, en un instante de intuición, decidir recogerla. Esa capacidad cognitiva y física inigualable es el recurso más valioso que la NASA planea enviar. Pero es increíblemente caro y peligroso. No se puede desperdiciar.


El informe de las Academias Nacionales estructura esa prodigiosa capacidad humana alrededor de once objetivos científicos irrenunciables. La búsqueda de vida, pasada o presente, encabeza la lista. Le siguen la reconstrucción de la historia geológica y climática del planeta, entender el impacto del ambiente marciano en la biología humana e identificar recursos utilizables. La verdadera revolución está en cómo propone lograrlo: no con un único plan, sino con cuatro campañas estratégicas mutuamente excluyentes. Cada una es una filosofía de exploración distinta, un compromiso diferente entre riesgo, ciencia y tiempo.



“Este marco fuerza a la NASA a dejar de pensar en una única misión ‘bandera’ y a comenzar a planificar una campaña sostenida”, explicó la Dra. Ámbar Rodríguez, astrobióloga y una de las revisoras del informe. “No se trata de plantar una bandera y tomar unas fotos. Se trata de elegir qué legado científico queremos que defina la primera presencia humana en otro planeta”.


Estrategia 1: El estudio concentrado y prolongado


Imagine enviar a un equipo de geólogos de élite a un solo lugar de la Tierra, digamos, el cañón de Valles Marineris en Marte, pero diez veces más largo y profundo que el Gran Cañón. Y dejarlos allí durante toda una misión de superficie, que podría extenderse por 500 días o más. Esta estrategia aboga por la profundidad sobre la amplitud. Los astronautas establecerían una base principal desde donde realizarían excursiones repetidas y cada vez más ambiciosas, construyendo un conocimiento íntimo y estratigráfico de un solo sitio científicamente rico.


El valor está en el detalle. Podrían seguir un lecho de río fosilizado metro a metro, excavar capas sedimentarias de forma sistemática y monitorear los cambios ambientales a lo largo de las estaciones marcianas. Es la aproximación del naturalista clásico, pero con taladros de percusión y espectrómetros de masas. El riesgo operativo es más bajo, al concentrar la infraestructura. Pero apuesta todo a que el sitio elegido contenga los secretos más importantes del planeta. Si se elige mal, la campaña entera, de miles de millones de dólares y años de esfuerzo humano, podría producir una respuesta incompleta.



Estrategia 2: Las mediciones amplias y diversas


Contrapuesta a la primera, esta campaña prioriza la cobertura geográfica. En lugar de un campamento base, los astronautas serían nómadas científicos. Utilizarían vehículos presurizados de largo alcance para realizar una travesía, deteniéndose en múltiples localizaciones geológicamente distintas: un cráter de impacto antiguo, una llanura volcánica, un posible delta seco. En cada sitio, realizarían un conjunto rápido pero integral de mediciones: perfiles sísmicos, muestras de núcleo superficial, análisis atmosféricos.


El objetivo es construir un modelo global a partir de puntos de datos dispersos. Comprender cómo varía la composición del suelo de hemisferio a hemisferio, o cómo la historia del agua se manifiesta en diferentes entornos. Es una estrategia de reconocimiento a la escala humana, que busca patrones que ningún rover solitario, atrapado en su pequeña parcela, podría discernir.



“La movilidad es la clave aquí”, señaló el ingeniero de sistemas de exploración, Kenji Tanaka. “No estamos hablando de los paseos del Apollo. Estamos hablando de expediciones de cientos de kilómetros en un vehículo que es a la vez laboratorio, hábitat y tanque. La tecnología para eso no existe aún de forma integrada. Cada parada es un nuevo aterrizaje, un nuevo riesgo calculado”.


El informe no elige un ganador. Se limita a presentar las opciones con una frialdad casi quirúrgica. Concentrarse o dispersarse. Profundizar o abarcar. Son dicotomías tan antiguas como la ciencia misma, pero ahora proyectadas sobre un escenario a 225 millones de kilómetros de distancia, donde cada decisión tendrá un costo billonario y un riesgo humano tangible. La NASA, al solicitar este estudio, admitió tácitamente que necesita un marco para tomar esa decisión ante el Congreso, ante la comunidad científica y ante el público.


Mientras los ingenieros trabajan en los cohetes y las cápsulas, este documento define la mente de la misión. ¿Seremos meticulosos arqueólogos de un solo mundo marciano, o seremos sus cartógrafos definitivos? La respuesta dará forma no solo a lo que encontremos en Marte, sino al tipo de exploradores que decidimos ser.

La anatomía de una campaña: Dónde la ciencia choca con la logística


El 9 de diciembre de 2025 no fue solo una fecha de lanzamiento de un informe. Fue el día en que la estrategia marciana dejó de ser un powerpoint de ingeniería para convertirse en un documento científico con dientes. El reporte de 240 a 300 páginas de las Academias Nacionales, titulado *Una Estrategia Científica para la Exploración Humana de Marte*, tiene el peso de una biblia técnica. Su mandato es claro: definir el “qué” y el “por qué” antes de que cualquier ingeniero termine de diseñar el “cómo”. James Pawelczyk, profesor de Penn State y miembro del comité directivo, lo resumió sin ambages ese mismo día.



“Es esencialmente un manual de jugadas científico para las primeras misiones tripuladas a Marte, describiendo el ‘qué’ y el ‘por qué’ que guiará la exploración humana del planeta rojo”. — James Pawelczyk, Profesor de Penn State y miembro del comité directivo del informe NASEM


Pero un manual de jugadas implica elecciones, y la primera es la más brutal. De las cuatro campañas esbozadas en la parte uno, el informe mismo señala una como la de mayor rango: la Campaña 1. Esta no es un compromiso. Es un asalto frontal y concentrado. Propone una secuencia meticulosa: primero, un aterrizaje tripulado inicial de 30 soles (días marcianos). Luego, una entrega de carga no tripulada con suministros y equipo pesado. Finalmente, el núcleo de la misión: una estadía de superficie de 300 soles en una zona de estudio de 100 kilómetros de diámetro.


La elección de ese círculo de 100 km no es aleatoria. Los criterios son exquisitamente específicos: debe contener flujos de lava antiguos, ofrecer acceso a hielo subsuperficial, potencialmente albergar cuevas alcanzables y, preferiblemente, estar ubicado donde las tormentas de polvo globales puedan ser estudiadas de frente. Es una lista de deseos geológica y astrobiológica. Encontrar un sitio que cumpla todos los requisitos es, en sí mismo, un desafío monumental. La NASA básicamente apostaría la farmacia a que ese pedazo concreto de Marte contiene la historia completa, o al menos sus capítulos más reveladores.



El laboratorio en la roca: El instrumento no negociable


Un mandato atraviesa las cuatro estrategias y emerge como la columna vertebral operativa: la necesidad imperiosa de un laboratorio en la superficie. No un contenedor equipado con microscopios, sino una instalación analítica capaz de realizar cromatografía, espectrometría y, crucialmente, análisis preliminares de muestras para la búsqueda de biofirmas. Esto cambia fundamentalmente la dinámica de la misión. Los astronautas ya no serían solo recolectores, enviando todo a la Tierra para su análisis años después. Serían científicos de campo con capacidad de diagnóstico inmediato.


Imaginen el escenario: un astronauta encuentra una veta de arcilla que parece prometedora. En lugar de empaquetarla, etiquetarla y esperar una década por los resultados, puede procesar una submuestra en el laboratorio del hábitat en cuestión de horas. Un espectrómetro podría indicar la presencia de compuestos orgánicos complejos. Esa información, en tiempo real, dictaría el siguiente paso. ¿Excavar más profundo aquí? ¿Ir a aquella colina? La ciencia deja de ser un ejercicio de recolección pasiva y se convierte en un diálogo activo con el planeta. El informe es taxativo: sin esta capacidad, el retorno científico de unas misiones tan caras sería “subóptimo”.



“La búsqueda de vida debe ser la principal prioridad científica para el primer aterrizaje humano en Marte”. — Megan Lowry, portavoz de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina


Pero esta prioridad, declarada sin tapujos por Megan Lowry de las NASEM, choca de frente con uno de los marcos regulatorios más antiguos y controvertidos de la exploración espacial: las políticas de protección planetaria. Las directrices actuales, diseñadas para sondas robóticas, restringen severamente el acceso a las llamadas “Zonas Especiales” – regiones donde podría existir agua líquida transitoria y, por tanto, vida potencial. Enviar humanos, los vectores de contaminación biológica más efectivos jamás construidos, a esas zonas es el tabú máximo. El informe no lo elude. Insta explícitamente a la NASA a colaborar con el Comité de Investigación Espacial (COSPAR) para “evolucionar” estas políticas. Es un eufemismo diplomático para una negociación que será feroz. ¿Cómo se equilibra el imperativo de buscar vida con el mandato de no contaminar el único lugar donde podríamos encontrarla?



Los números tras el sueño: Presupuesto, política y el reloj inexorable


La ciencia propuesta es audaz. La ingeniería, hercúlea. Pero todo se sostiene sobre una base inestable: la voluntad política y presupuestaria sostenida durante más de una década. El informe llega en un momento de transición acelerada. Mientras sus páginas se imprimían, la NASA ya ejecutaba maniobras en paralelo. En los últimos tres meses de 2025, la agencia completó su cuarta ronda de pruebas de tecnologías de Entrada, Descenso y Aterrizaje (EDL) para Marte. Cada prueba es un paso agonizantemente lento hacia la capacidad de posar 20 a 30 toneladas de hábitat y suministros con una precisión de metros, no de kilómetros, en esa atmósfera delgada y traicionera.


En la Luna, el programa Artemis avanza, supuestamente allanando el camino. Artemis II, un vuelo tripulado alrededor de nuestro satélite, sigue programado para principios de 2026. Pero ese calendario lunar es frágil, y cualquier desliz allí repercutirá como un tsunami en la línea de tiempo marciana. La arquitectura “De la Luna a Marte” no es una metáfora; es una cadena de dependencia tecnológica. El cohete SLS, la nave Orión, los trajes espaciales de nueva generación, los sistemas de soporte vital de ciclo cerrado – todos deben ser probados, madurados y certificados en el entorno lunar primero. O al menos eso dice la teoría.


La política internacional juega un papel cada vez más definitorio. Para diciembre de 2025, 7 nuevas naciones se habían adherido a los Acuerdos Artemis, llevando el total a aproximadamente 60 signatarios. Este marco legal, que establece normas para la exploración pacífica, es el andamiaje para la coalición que, en teoría, compartirá la carga de llegar a Marte. Pero los acuerdos no son dinero contante y sonante. Y el verdadero motor, el presupuesto de la NASA, baila al ritmo de los ciclos electorales estadounidenses. ¿Sobrevivirá esta estrategia marciana de 15 años a tres o cuatro cambios de administración, cada una con sus propias prioridades?



“El informe equilibra la ambición científica con la realidad de la capacidad tecnológica. No sirve de nada identificar un sitio perfecto si no podemos aterrizar allí de manera segura o mantener vivos a los astronautas mientras hacen la ciencia”. — Análisis atribuido a un ingeniero de sistemas de la División de Exploración Marciana


La crítica interna, la que se susurra en los pasillos de Johnson Space Center y Jet Propulsion Laboratory, es palpable. La Campaña 1, la principal, maximiza el retorno científico pero exige un sitio único de una riqueza casi milagrosa. ¿Y si no existe? Las otras campañas ofrecen más flexibilidad, pero a costa de profundidad o cobertura. El informe mismo admite esta tensión al recomendar la creación de una cumbre recurrente, un “Mars Human-Agent Teaming Summit”, donde humanos, robots e inteligencia artificial colaboren en la planificación. Es un reconocimiento tácito de que ni los planificadores más brillantes en la Tierra pueden prever todos los desafíos de un mundo a 12 minutos-luz de distancia.



La cuenta regresiva de 2026 y lo que realmente está en juego


Mientras tanto, el reloj cósmico no se detiene. La ventana de lanzamiento de octubre a diciembre de 2026 se acerca. No para misiones humanas, sino para las próximas sondas robóticas que deben preparar el terreno. Cada ventana de 26 meses es una oportunidad para enviar orbitadores que mapeen el hielo con mayor resolución, o módulos de aterrizaje que prueben la producción de oxígeno in situ. Estas misiones son los reconocedores silenciosos que determinarán el éxito o el fracaso de las campañas humanas de la década de 2030. Su trabajo es validar – o descartar – esos círculos de 100 km dibujados en los mapas estratégicos.


El informe de las Academias Nacionales es, en última instancia, un documento de responsabilidad. Al establecer 11 objetivos prioritarios y 4 caminos claros, hace que la NASA sea accountable. Ya no puede vender al Congreso y al público un sueño vago de “ir a Marte”. Ahora debe defender una estrategia específica, con un presupuesto específico, para una ciencia específica. Cada retorno de muestra, cada dato sobre la salud de los astronautas, cada imagen de un taladro penetrando la criosfera, será medido contra este marco. ¿Fue la perforación profunda la elección correcta frente al muestreo diverso? Solo el análisis de esas muestras, años después de su retorno, lo dirá.



“No se trata solo de elegir un sitio. Se trata de elegir una pregunta existencial. ¿Estamos yendo a Marte para ver si estamos solos, o para aprender cómo los planetas viven y mueren? La campaña que elijamos será la respuesta”. — Comentario editorial basado en el análisis de expertos del comité NASEM


La verdad incómoda que flota sobre todas estas estrategias es el factor humano más elemental: la psicología. Una misión de superficie de 300 soles es casi un año terrestre. Un pequeño equipo, confinado, bajo un riesgo constante, en un mundo muerto. La ciencia debe ser tan desafiante y gratificante como para mantener su mente aguda y su propósito firme. El informe lo sabe. Por eso insiste en que cada campaña debe tener un “storyline” científico claro, una narrativa que los astronautas puedan seguir y contribuir. Porque en la soledad marciana, más allá de cualquier ayuda inmediata, la mejor motivación no será la supervivencia, sino la curiosidad. La misma que nos hizo mirar ese punto rojo en el cielo y preguntarnos, por primera vez, qué secretos guardaba.

El peso de la decisión: Legado y responsabilidad interplanetaria


La trascendencia del informe del 9 de diciembre de 2025 va más allá de una simple hoja de ruta para la NASA. Marca el momento en que la humanidad pasó de preguntarse si debía ir a Marte a asumir la responsabilidad de cómo hacerlo. Cada una de las cuatro campañas no es solo un conjunto de tareas; es la materialización de una filosofía de exploración que definirá nuestro rol en el cosmos. ¿Seremos arqueólogos celestes, meticulosos y conservadores? ¿O seremos pioneros nómadas, cubriendo vastas extensiones en busca de patrones? La elección creará un precedente para todas las misiones humanas a cuerpos planetarios que le sigan, estableciendo un estándar para equilibrar la curiosidad científica con la huella inevitable de nuestra presencia.


El legado cultural es igual de profundo. Durante décadas, la narrativa marciana en el cine y la literatura ha oscilado entre la conquista y la catástrofe. Este informe, por primera vez, ofrece una tercera vía: la de la investigación metódica y colaborativa. Al colocar la búsqueda de vida como el objetivo principal, redefine la misión no como un acto de plantación de bandera, sino como una búsqueda de respuestas a una de las preguntas más antiguas de la humanidad. Linda Elkins-Tanton, científica planetaria y coautora del informe, lo enfatizó durante el lanzamiento.



“Este no es un plan sobre cohetes y trajes espaciales. Es un plan sobre preguntas y respuestas. Estamos definiendo qué tipo de civilización queremos ser cuando demos ese primer paso: una que busca conexión y comprensión, o simplemente una que ocupa espacio”. — Linda Elkins-Tanton, científica planetaria y coautora del informe NASEM


La industria espacial global ya siente el impacto. Los Acuerdos Artemis, con sus aproximadamente 60 signatarios a finales de 2025, han creado un marco legal frágil pero existente. El informe de las Academias Nacionales proporciona el contenido científico para llenar ese marco. Empresas privadas que desarrollan hábitats, sistemas de soporte vital y tecnologías de utilización de recursos in situ ya están ajustando sus diseños a los requisitos de las campañas, particularmente la necesidad de un laboratorio analítico en la superficie. La economía marciana, antes un concepto de ciencia ficción, comienza a tener un primer borrador de especificaciones técnicas.



Las grietas en el casco: Críticas y realidades incómodas


Por ambicioso que sea, el informe tiene puntos ciegos que la comunidad científica y de ingeniería no ha dudado en señalar. El más obvio es su relativo silencio sobre el análisis de costos detallado. Esbozar una campaña de 300 soles en una zona de 100 km es científicamente elegante, pero ¿cuánto cuesta cada uno de esos soles? El informe delega esa “implementación” a la NASA, una separación entre la ciencia ideal y la realidad presupuestaria que muchos consideran peligrosa. La historia de la exploración espacial está llena de planes gloriosos que murieron en los comités de asignaciones del Congreso.


Otro punto de fricción es la suposición tácita de que la tecnología necesaria para la campaña principal estará lista a tiempo. El informe menciona la necesidad de un “Mars Human-Agent Teaming Summit” para integrar humanos, robots e IA, pero esa integración es un problema de software e interfaces de una complejidad monstruosa, que aún no se ha resuelto ni en la Tierra. La recomendación de retornar muestras de cada misión humana, aunque científicamente sólida, añade una capa masiva de complejidad logística y riesgo. Cada gramo de regolito marciano que se envíe de regreso requerirá un vehículo de ascenso desde Marte, un rendezvous en órbita marciana y un viaje de retorno seguro a la Tierra. Es, esencialmente, una misión Apollo de retorno de muestras anidada dentro de la misión principal.


Finalmente, está la cuestión ética no resuelta. El informe urge a “evolucionar” las políticas de protección planetaria, pero no ofrece una guía moral. Si los astronautas encuentran evidencia tentadora pero no concluyente de vida microbiana pasada, ¿qué protocolos siguen? ¿Hasta dónde pueden perturbar el sitio? La tensión entre la exploración y la conservación, familiar en la Tierra, se volverá aguda en Marte. La campaña de perforación profunda en la criosfera, diseñada específicamente para buscar vida, podría, en el peor de los casos, destruir el mismo ecosistema que busca estudiar.



El camino a seguir está pavimentado con hitos concretos y plazos inflexibles. Todo comienza con Artemis II a principios de 2026. Su éxito o fracaso enviará una señal inequívoca sobre la capacidad de la NASA para gestionar misiones tripuladas más allá de la órbita baja terrestre. Mientras tanto, las misiones robóticas continúan allanando el camino. El aterrizador Firefly Blue Ghost de la NASA está programado para tocar la Luna el 2 de marzo de 2025, probando tecnologías de aterrizaje de precisión que son primas hermanas de las necesarias para Marte.


La ventana de lanzamiento de octubre a diciembre de 2026 verá el envío de la próxima ola de sondas robóticas a Marte, posiblemente incluyendo el primer demostrador de retorno de muestras recogidas por humanos. Para finales de esta década, la NASA debe haber seleccionado formalmente una de las cuatro campañas y comenzado el diseño detallado de sus sistemas específicos. Cada decisión de diseño, desde el diámetro de las ruedas del vehículo presurizado hasta la capacidad del congelador de muestras, estará dictada por esa elección estratégica fundamental.


El planeta rojo, silencioso bajo su tenue atmósfera, permanece ajeno a los informes, las cumbres y los debates presupuestarios. Sus antiguos ríos secos y sus vastas llanuras volcánicas llevan eones esperando. La pregunta que queda, mientras el reloj avanza hacia la ventana de lanzamiento de 2026 y más allá, no es si encontraremos respuestas allí. Es si tendremos la sabiduría, la perseverancia y la humildad para elegir las preguntas correctas antes de partir.

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