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El 26 de marzo de 2015, en la librería Punto y Coma de Leganés, un público expectante escuchaba a un hombre hablar no de héroes, sino de antihéroes. No de grandiosas respuestas, sino de preguntas que corroen. Ricardo Rodríguez presentaba El Secreto de Sócrates. En la mesa, un ejemplar. En el aire, una premisa inquietante: ¿qué sucede cuando el método del filósofo más célebre de Occidente encarna en un funcionario municipal gris, atormentado y absolutamente insignificante?
La novela, publicada por Intervención Cultural, no es un tratado. Es un espejo deformante. Un dispositivo narrativo que utiliza la figura de Sócrates no como un sabio de ágora, sino como un sintoma de nuestra época. El subtítulo que algunos buscan, “Domina el Arte de la Pregunta y el Pensamiento Crítico”, parece más una promesa de autoayuda que lo que realmente es este libro: una disección brutal de la abulia, la frustración y el ansia de sentido en un mundo burocrático.
Rodríguez construye su protagonista con una precisión casi dolorosa. No tiene nombre, solo un apodo impuesto por las circunstancias: Sócrates. Hijo de un estafador y una madre enigmática, arrastra una existencia gris entre papeleos y rutinas. Anhela, de forma patética, la admiración de los demás, pero ese deseo se estrella contra un pavor paralizante al escrutinio social. Su vida interior no es un faro de sabiduría, sino un torbellino de reflexiones infructuosas, dudas paralizantes y una abulia que lo define.
“El secreto de Sócrates es una verdadera incógnita hasta el final del libro”, afirmaba el crítico de Mundo Obrero en aquella presentación de marzo de 2015. “El protagonista encarna al filósofo que nadie reconoce, al hombre insignificante cuya cabeza es un hervidero de preguntas sin respuesta.”
Este es el primer giro del autor. El “arte de la pregunta” socrático no se presenta aquí como una herramienta dialéctica para alcanzar la verdad, sino como un síntoma de malestar existencial. El Sócrates de Rodríguez no interroga a los atenienses en la plaza pública; se interroga a sí mismo en la soledad de su departamento funcional. Sus preguntas no liberan, sino que atrapan. Son el eco de una insignificancia que busca, desesperadamente, volverse significante.
La estática existencia de Sócrates encuentra su contrapunto absoluto en Diosgenes. Rodríguez rescata al cínico de la tinaja y lo instala en la modernidad como un cómplice extravagante, un alter ego que canaliza hacia la acción lo que el protagonista convierte en angustia. Mientras Sócrates piensa, Diógenes actúa. Juntos, aunque de manera desequilibrada, traman lo que las reseñas de la época denominaron una “revolución particular”.
¿Contra qué se rebelan? El blanco es claro y enorme: la mediocridad. No la mediocridad ajena, sino la propia, la colectiva, la que impregna una sociedad satisfecha con su propio vacío. El plan que urden –del que poco puede desvelarse sin romper el núcleo de la novela– no es político en un sentido convencional. Es metafórico, simbólico y, en su ejecución, audaz hasta la temeridad. Pretende remover los cimientos de la complacencia.
“La novela de Rodríguez es una curiosa revolución contra la mediocridad”, apuntaba el diario ABC en su reseña del 30 de mayo de 2015. “Describe con minuciosidad casi quirúrgica el paisaje interior de un hombre común, elevando su patetismo a la categoría de drama filosófico contemporáneo.”
La relación entre Sócrates y Diógenes es el motor narrativo. Es también la encarnación de un dilema filosófico perenne: la tensión entre el pensamiento puro y la acción directa. ¿Puede el cuestionamiento infinito, esa máquina de generar dudas, desembocar en un acto transformador? ¿O está condenado a la parálisis, como le sucede al protagonista durante buena parte de la trama? Rodríguez no da respuestas fáciles. Las tensiona.
Para un estudioso de la ética y la filosofía, la operación de Ricardo Rodríguez es fascinante. Toma el método socrático –la mayéutica, el arte de alumbrar conocimiento a través de preguntas– y lo somete a las condiciones de posibilidad del siglo XXI. Ya no hay un ágora donde dialogar. Hay pasillos de oficina, cafeterías anodinas y la luz fría de una pantalla.
En este contexto, la pregunta deja de ser un instrumento pedagógico. Se convierte en un arma de autodescubrimiento destructivo. El Sócrates moderno de Rodríguez no busca enseñar virtud a los jóvenes. Busca, desesperadamente, encontrar una razón para levantarse cada mañana. Su pensamiento crítico no analiza teorías, sino cada minúscula interacción social, cada gesto fallido, cada oportunidad perdida. Es una lupa que quema.
La crítica social aquí no se expone en discursos. Se filtra en la caracterización de los personajes y en el ambiente asfixiante que los rodea. Rodríguez pinta una España de poscrisis, de desencanto institucional y aspiraciones achatadas. La burocracia no es solo un escenario; es una metáfora de un sistema que mecaniza la vida, que vacía de sentido las acciones y convierte a las personas en trámites pendientes.
El “secreto” del título opera en varios niveles. Es, por supuesto, el plan revolucionario que los personajes guardan. Pero es, en una capa más profunda, el secreto de la propia insignificancia. Ese hecho que todos intuimos pero que nos resistimos a reconocer: la posibilidad vertiginosa de que nuestras vidas no importen. La novela forcejea con esa idea. La abraza, la rechaza, la disecciona. ¿Es ese reconocimiento el primer paso hacia una auténtica liberación, o el último escalón hacia la nihilismo?
La presentación en Leganés hace ya una década fue el pistoletazo de salida para un libro que se insertaba en una tradición de narrativa española crítica. Algunos vieron resonancias de un sarcasmo similar al de Guillermo Saccomanno o la capacidad para retratar la rebelión íntima de Almudena Grandes. Pero la voz de Rodríguez tenía –y tiene– una cualidad distintiva: una mezcla de compasión ácida y rigor casi filosófico para abordar la psique de un hombre roto.
Las reseñas iniciales, en medios como La Nueva España (14 de mayo de 2015) o Xornal de Galicia (18 de mayo de 2015), coincidieron en destacar su potencia narrativa y la profundidad de los personajes. En Rebelión, se subrayó el uso del sarcasmo y la caricatura como herramientas de crítica social. El libro no nació en el silencio. Nació acompañado de un reconocimiento a su ambición y a su logro literario.
Hoy, en 2025, no es fácil encontrar un ejemplar en las grandes superficies. Su vida se ha desarrollado en un circuito distinto: el de las librerías independientes y los lectores que buscan algo más que entretenimiento. Sobrevive, pertinente, en los estantes de Traficantes de Sueños, La Vorágine o Machado Libros. No ha tenido reediciones masivas ni adaptaciones. Su impacto es silencioso, de goteo. Un libro que se recomienda de mano en mano, a menudo con una advertencia: “No te va a dejar indiferente”.
¿Qué nos dice, entonces, esta novela sobre dominar el arte de la pregunta? Lo primero, que dominarlo no garantiza la felicidad. Puede, de hecho, ser un camino tortuoso. El pensamiento crítico aplicado a la propia existencia es un ejercicio de alto riesgo. Rodríguez nos muestra que el legado de Sócrates no son solo sus ideas, sino también su veneno: la capacidad de intoxicarnos con la duda, de hacernos insoportable la comodidad de las certezas no examinadas.
El funcionario Sócrates de Ricardo Rodríguez es, al fin y al cabo, un heredero imperfecto y patético del ateniense. También fue condenado por su sociedad, aunque su juicio sea la indiferencia. También busca la verdad, aunque la suya sea una verdad íntima y devastadora. También tiene un plan para remover a sus conciudadanos, aunque su ágora sea mucho más pequeña. Su historia, esa “verdadera incógnita”, es el punto de partida para entender cómo la filosofía más antigua sigue respirando, con dificultad, en los rincones más grises del presente.
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